ALMA LÍQUIDA

Ilustración de Adolfo Ruiz MendeS

Esta semana se jubila el hombre que me ha estado sirviendo el primer café de la mañana durante los últimos veinte años. Se va Pedro, el del Pino, y entrega las riendas a su hija Cristina, una muchacha hermosa y con un carácter de pedernal, que está modernizando el negocio sin reparar en que la vieja parroquia aún está de cuerpo presente.

Modifican el color de la pared o te cambian esa cafetera que te devolvía cada mañana la imagen de tu rostro reflejado en su vientre de metal, y es cuando te das cuenta de que también las cosas tienen su alma. No es que piense como Mariló Montero que el alma se trasplante con los órganos, es que pienso que el alma la llevamos en la punta de los ojos y que pasamos por la vida embadurnando de alma el paisaje y las gentes con las que nos rozamos. 
 

A Miguel Servet lo quemó Calvino, justo tal día como hoy, un 27 de octubre, por afirmar, entre otras cosas, que el alma tenía su sede en la sangre. Y es que los fanáticos siempre han tenido el alma coagulada en dogmas, leyes, naciones, dioses, banderas, incapaces de comprender el lirismo de esa intuición de Servert de un alma líquida y fluyente donde lo único que importa es el correr de las generaciones.

La Diputación de Granada ha concedido esta semana la medalla de oro a la Virgen de las Angustias, una estatua sin sangre y sin alma. Que Dios no se lo tenga en cuenta. Yo se la concedería a los taberneros. España se sostiene desde antiguo en este bastón castigado que es la hostelería. Gente como Pedro el del Pino, como mi hermano o mi propio padre, legión anónima que ha gastado la vida detrás de un mostrador, sirviéndonos café y oídos desde primera hora de la mañana. Luego un día se van, y sientes tu alma más pesada en la sangre, y tu rostro más viejo en el espejo de la cafetera nueva. 

                                                                                       Publicada en el periódico Extremadura el 27 de octubre del 2012 

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