ASCLEPIADEO, UN VERSO Y UNA FLOR

ASCLEPIADEO: Se llama asclepiadeo a un tipo particular de verso con el que se expresaba a su sabor un poeta griego de la antigüedad. Un tal Asclepíades de Samos.
De este Asclepíades sabemos lo que de casi todos los escritores de la antigüedad: un par de líneas rescatadas con mucho esfuerzo de aquí y de allá por historiadores y filólogos. Nos ha llegado que nació hacia el 270 a. C.; que su padre fue un tal Sicélidas; que fue uno de los primeros autores en elevar al epigrama a categoría de forma literaria culta y respetada; que dejó profunda huella en poetas posteriores; que en sus versos se interesó especialmente por el amor y el erotismo y que empleó para ello un tipo determinado de métrica – la que la posteridad ha dado en llamar “verso asclepiadeo”. Poca carne, poca vida. Mucha distancia. Como un fantasma.
Puede que el término no sea de uso común, pero que asclepiadeo es una palabra noble y antigua lo confirma el hecho de que está recogida en todos y cada uno de los diccionarios de nuestra lengua. Hace su primera aparición en el Autoridades de 1726, que lo define de este modo: Especie de verso latino, que consta de quatro piés, un spondéo, dos coriambos y un pyrrichio.

En el DRAE de  1770 se dice que el asclepiadeo “es una especie de verso latino, compuesto de quatro pies, un espondeo, un coriambo, y dos dáctilos: o de quatro pies, una cesura, el primero espondéo; el segundo, dáctilo, cesura; y los dos últimos, dáctilos”.
De este mismo modo continúa en las siguientes ediciones de la DRAE, hasta que en la de 1899 el término asclepiadeo recoge dos acepciones; aunque el segundo, que es el nombre de las plantas Asclepias, ya no tenga que ver con nuestro poeta sino con el dios Esculapio. A partir de ahora, asclepiadeo lo mismo sirve para referirnos a un verso que a una cornicabra.

1.-        (de Asclepiades, poeta griego, discípulos de Isócrates, inventor o propagador de este metro) adj, V. Verso asclepiadeo.
2.-        Se dice de las hierbas, de los arbustos y de los árboles angiospermos dicotiledóneos, con hojas alternas, opuestas o verticiladas, sencillas y enteras, flores en racimo, corimbo o umbela, y fruto en folículo con muchas semillas provistas de albumen; por ejemplo, la mata de la seda, la cornicabra y la arauja.

Lo curioso de esta historia es que Asclepíades ni siquiera fue el inventor de este modo  de versificar. Fue sólo uno más, acaso el más talentoso y conocido, de los versificadores de su tiempo. Lo que quiere decir que para que un nombre propio acabe licuándose y dando alma a un nombre común hay detrás una interesante odisea. Y esto es lo que yo voy a tratar de resumir.
Todo empieza con la pasión – y la vanidad – del poeta Meleagro de Gadara, 140 a.C. 60 a. C. el cual tuvo la feliz idea de compilar en un solo libro lo que a su juicio estimó ser lo más granado de la poesía epigramática griega desde la antigüedad hasta sus días, incluyendo, claro está, algunos poemas propios. De este libro, que se acabaría perdiendo en el trasiego de los siglos, sobrevivió, sin embargo, el prólogo, donde se identifica a cada poeta seleccionado con una flor simbólica. Un dato curioso a añadir a esta historia es que el juego de representaciones y simbologías iniciado por Meleagro dio pie a que a la colección meleagranea se la denominara Stéphanos, es decir, ramillete o corona de flores, aunque su nombre más extendido entre los filólogos es el de Antología Griega del griego  ἄνθος, anzos, ‘flor’ y λέγω, lego, ‘seleccionar´, de ahí que aún hoy día identifiquemos el término antología como sinónimo de ramillete escogido entre la obra de un autor o autores.

Pues bien, en esta antología de Meleagro, que sería posteriormente recopilada por el Protopapa bizantino Constantino Céfalas (917 d. C.), con añadidos de León el Filósofo (siglo IX d. C.), y revisada, más tarde, en la Antología Planudea (APl) por el filólogo bizantino Máximo Planudes (año 1301 d. C.) eran apreciables distintas escuelas poéticas, pero la que a nosotros nos interesa es la jónico-egipcia,representada por Hédilo de Samos, Posidipo de Pela, Calímaco de Cirenesiglos, Dioscórides de Alejandría, IV- III-II a. C. y , sobre todo, por Asclepíades de Samos, de quien se dice que era el más sobresaliente y emblemático de la escuela.

En resumen, de la obra original de Asclepíades no se conserva sino las pocas flores recogidas en el ramillete de Meleagro. Lo cual demuestra, una vez más, que esto de convertirse en nombre común no está en manos sino del azar. Porque no fue el bueno de Meleagro, ni siquiera los poetas de Lesbos, quienes tuvieron la fortuna de dar nombre a este verso, sino aquel poeta de Samos, bebedor, juerguista, amoroso y, si nos fiamos de algunos de los epigramas que de él se conservan, algo melancólico, tierno y descreído, que decía de sí mismo:

“No tengo ni tan siquiera veintidós años, y ya estoy cansado de vivir, / Oh, Amores, qué mal es ese, por qué me abrasáis/ pues, si yo algo sufro, qué haréis. Es evidente, Amores/ cómo antes jugaréis insensibles con las tabas.

Bebe, Asclepíades; ¿por qué las lágrimas esas? ¿Qué sufres?/No a ti solo la difícil Cipris te apresó,/ ni contra ti solo afiló arcos y flechas/ el amargo Eros; ¿por qué viviendo entre ceniza te pones?/ Bebamos de Baco pura bebía; un dedo la aurora/ ¿acaso de nuevo como compañera de lecho la lámpara ver esperamos?/ Bebemos, pues no hay amor; ciertamente después de un tiempo ya no largo,/ insolente, la gran noche descansaremos”.
Esta entrada pertenece a mi libro en marcha Hombres con nombre.
Publicado el
@ Quédese con el cambio 2018
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