CATALUÑA Y LOS TOROS, CON UN PAR.

A mí en realidad me gustan los toros. Me parecen unos animales maravillosos. Me gustan tanto como los caballos, como los tigres, seres de una estampa soberbia, perfecta. Por eso mismo estoy en contra de que los maten como los matan, de que exhiban su muerte bajo la excusa de que es una lucha de tú a tú, heroica, artística.   

Asumo que significarse en este asunto es de lo más delicado, porque es un tema visceral, en el cual no hay términos medios, o estás conmigo o eres el enemigo. Y aún así, voy a arriesgarme, porque creo que el asunto lo merece.
Entiendo todos los argumentos a favor de mantener las corridas, pero no los comparto. Ni me convence la excusa de la tradición ni me convence su pretendida belleza.  
 

La tradición, por lo general, no es más que un lastre. El mundo avanza cuando consigue desprenderse del envenenado fardo de tradiciones que le dejan sus mayores. Cuantas más tradiciones conserva una sociedad más atrasada se encuentra. Solo hay que mirar a nuestro alrededor. El Tercer Mundo es en realidad un mundo asfixiado por la tradición, condenado a vivir en una foto fija.

España, hasta hace bien poco, era el tercer mundo de Europa precisamente por eso, porque, incapaces de iniciar una revolución para mejorar la calidad de vida, éramos los primeros en amotinarnos cuando un alcalde ordenaba recortar unos centímetros de la capa tradicional (Esquilache). Al suelo que fascinó a Merimeé, trabuco, ignorancia y pandereta, nunca le conmovió lo más mínimo los asuntos de la razón, pero si alguien amenaza con tocar las tradiciones, aunque sean tradiciones tan simpáticas como la de arrojar una cabra de un campanario, se saca la navaja y se raja el vientre de nuestro misma madre si se tercia.

La modernidad llegó a España justo cuando nos decidimos a desprendernos de gran parte de las tradiciones, acaso las que nos hacían más españoles, es decir, más típicos, más tercermundistas.

No es que ahora seamos menos españoles, es que somos otra clase de españoles. Más abiertos, más tolerantes, más civilizados, aunque ya escucho a los que se llevan las manos a la cabeza y se ríen de estos argumentos. Vale, hay matices y queda mucho por andar, sin duda. Pero para andar, para avanzar, lo que hay que hacer es seguir desprendiéndose de tradiciones.

En esa dirección, creo yo, es a donde apunta Cataluña con la nueva ley antitaurina. Le costará lo suyo que el resto del país no lo vea como una traición, pero también a los romanos, a algunos romanos, les costó lo suyo convencer a su gente de que matar gladiadores en la arena era muy vistoso y muy tradicional y toda una industria se sustentaba en ello, pero eso no la hacía menos salvaje.

El pueblo que no se mueve con los tiempos se encartona, se momifica, se condena a la barbarie, a la deshumanización.

En cuanto a lo de la belleza no hay mucho que discutir. La belleza es una cosa sutil y rara, que cada cual la ve donde le parece, allá sensibilidades. Por mi parte, veo belleza en la música, en el sexo, en la literatura, incluso puedo entender que alguien vea belleza donde otros no vemos más que hastío o simpleza. En cualquier caso, la conquista de la belleza sí me parece una buena excusa para casi todo, pero desconfío de quienes la encuentran en la sangre, en el sufrimiento, en el martirio, en la muerte.

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4 thoughts on “CATALUÑA Y LOS TOROS, CON UN PAR.

  1. Pues si te hubieses preocupado un poquito por saber del origen de la raza del toro bravo y Su historia tal vez mañana estarás pidiendo que vuelvan a torear para que no desaparezca la especie.

  2. Y qué tiene qué ver el origen o la historia de una especie con la crueldad? También los gladiadores tienen su origen en la violencia como espectáculo y no por eso voy a pedir que vuelvan los hombres a matarse en la arena.

  3. Hola, Florián:

    A ver, que le voy a contestar a Raúl, que parece que preside el foro mundial de la tauromaquia brava:

    Raúl: el toro de lidia se caracteriza por unos instintos atávicos de defensa y temperamentales, que se sintetizan en la llamada "bravura", así como atributos físicos tales como unas astas grandes hacia delante y un potente aparato locomotor, superiores a los de otros especímenes de bovinos.

    Esto, si me lo permites, es extensible a otros animales como los leones, que también eran utilizados en el circo romano para mantener sus pulsos desiguales con los gladiadores.

    Ni unos ni otros querrían otra cosa que ejercer esa bravura entre iguales, dentro de su manada, siguiendo su instinto como Dios les diera a entender. Nunca medir sus astas con el torerito de luces en medio de una plaza atestada de energúmenos con puro y maripuris en mantilla.

    Y, por cierto, la única especie que yo deseo ver desaparecer lo más inmediatamente de la faz de la Tierra es aquella que, como bien dice Florián, se agarra al salvocunducto de las tradiciones para legitimar un espectáculo de sangre y muerte que cada vez interesa menos al personal.

    Un saludo y buena tarde.

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