CONVIVENCIA


Ayer le mentí por vez primera. Después de treinta años de vida común. Ocurrió casi sin proponérmelo, por pura supervivencia. Se acercó a mí con la bandeja en la mano y dejó la taza de café con leche y galletas sobre la mesa. Recliné la cabeza hacia el hombro, saqué la mirada del libro y la hice subir por encima de los lentes, para mejor verla llegar. Una viejita, eso fue lo que pensé. Ese rostro plagado de canales secos, el caminar de hembra con los delirios sofocados, el tiritar leve de sus dedos fofos, las canas triunfando sobre el tinte ya vencido. Una viejita, en resumen. Qué miras, bobo, me dijo. Y yo le respondí: Me preguntaba cómo es que sigues tan bonita; me preguntaba si es que no tendrás escondido en alguna parte un pacto secreto con el diablo y no quieres compartirlo. Le mentí por puro instinto. Estuve rápido. Creo que ni se dio cuenta del quiebro que hizo mi pensamiento por no ofenderla. Ella sonrió tan dulce como siempre, esparció sobre la taza esa sonrisa suya del color del azúcar moreno y luego se retiró a la cocina. Lentamente, con sus pasos renqueantes de viejita, como si llevara sobre las espaldas el cadáver de la joven que fue. 
Por la noche, frente al televisor, yo seguía rumiando mi pequeña y primera traición. De repente, la miro y la descubro con la mirada amansada y como dormida sobre mis ojos. Qué ocurre, le dije. Nada, respondió. Tan sólo me preguntaba cómo es que sigues tan como antes, como si el tiempo se hubiera olvidado de ti. Yo le sonreí de puro espanto, pero me levanté y me retiré al aseo, a palparme la piel reseca y a camuflar un amago de lágrimas.
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