EL ROBO PERFECTO

Hasta aquí hemos llegado
Un día decidí que quería ser cantante. En la primera sesión, el profesor de canto me dijo: tiene usted poca voz, pero muy desagradable. Dejé, pues, la canción y probé con la guitarra. Ni una semana llevaba cuando mis vecinos me regalaron un libro, Cómo superar la crisis de los treinta sin caer en el ridículo. Entendí la indirecta y colgué la guitarra. Entonces me hice la inevitable pregunta: si no soy cantante, ni músico, ni futbolista de élite, ni escritor de éxito, ni sirvo para profesor ni para albañil ni para taxista, para qué coño he venido yo a este mundo.
En la cabeza adecuada, esa pregunta es la chispa que inicia un gran incendio. En la mía es sólo otro enigma sin resolver. Casi todos los grandes libros poseen un héroe que en un momento determinado se arroja en brazos de aventuras inmortales hostigado por el tábano de esta pregunta. Ulises, don Quijote o el Faroni de Luís Landero, se sublevan contra su falta de talento y toman el rumbo de sus propias vidas. Yo me propuse imitarles. Estaba claro que no servía para el bien, así que me pasé al lado oscuro. Pero nada de términos medios: seré el hombre que perpetre el robo perfecto.
Y después de cotejar ejemplos célebres y libros especializados, concluí que el único robo perfecto es aquel en el que la víctima ni siquiera sospecha que ha sido robada. Lo que distingue a un vulgar ladronzuelo de un artista del timo es la argucia para montar un atraco y salir con los bolsillos forrados y el prestigio indemne. Por eso es que me metí a Presidente del Gobierno. Arruinas vidas, robas ilusiones, incumples promesas, y como si nada. Por muy mal que lo hagas no rindes cuentas a nadie. Y lo mejor de todo, te jubilas joven y retomas si deseas lo del canto. Para entonces, ya ni les parece que desafinas. 
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