ELOGIO DE LA NAVIDAD

 Los años le restan melancolía a la navidad. Superada la ofuscación de la adolescencia, se calman las ganas de clavarnos en nuestra divina pechera un peine de plata fina . Será que entre los desaciertos del gobierno, la pasividad de los gobernados y la rapiña de los que tienen el corazón en la punta de los dedos, nos han hecho redescubrir los quilates de esa vieja moneda casi en desuso a la que llamamos familia. Sé de mucha gente a la que las comidas y cenas de navidad le sientan como un tiro. Dicen que por los ausentes. O porque les fastidia fingir un contento que están lejos de sentir. Allá ellos. A mí me enternece esa estampa repetida de una mesa asediada por sobrinos, hijos, hermanos y padres que beben y beben y vuelven a beber. No hablo de religión. La única liturgia que entiendo es la de la risa. No conozco otra comunión que el saber a los míos juntos y dichosos.
 ¡Vivir es algo que pasa tan rápido! Un hombre y una mujer se sonríen en la flor de la edad y media vida más tarde hay un álbum de fotos amarilleando en el salón de una casa atestada de hijos, nietos, ausencias y recuerdos. Qué cosa tan extraña. Vivir es nadar entre paradojas. Andas por el mundo en absoluta soledad hasta que aprendes que vivir es entregarte, cuando dejas de ser tú lo fundamental y son los otros los que importan y lo primero. Entonces creces y te multiplicas y te agigantas. No hay mayor riqueza que el darlo todo y vaciarte. No vives si no eres vivido por alguien y en alguien. Vivir es preguntarse y es hallar respuestas en una piel inaugural y ajena, interrogar al universo en unos ojos que te sonríen y te esclarecen, aferrarse a esas manos que se te brindan para desnudar juntos los misterios y los días.

La piel tiene memoria. Tampoco los pies olvidan ni uno solo de los pasos que nos trajeron a este instante y nos reunieron. Vivimos en la ilusión de ser niños para siempre. Un día vemos envejecer a nuestra madre y comprendemos de golpe la seriedad de este juego inexplicable. En la piel de nuestra madre se nos desvela el enigma de lo que somos y de lo que seremos. Vivir es una odisea. Pero si tienes la fortuna de crecer junto a una familia que te tatúa el corazón con recuerdos como horizontes inabarcables, entonces no hay mayor tesoro que el vivir. Al menos en mi caso, aprendí de mis padres lo rígido y lo flexible, que el tiempo se agota pero el amor perdura, que la piel tiene memoria, que ni la boca ni el corazón olvidan. Y que un día, acaso en una comida o en una cena de navidad, en la esquina de una mesa sitiada por tres o cuatro generaciones de tu misma sangre,  echas la vista atrás y descubres que no es poco si pasas por la vida sin haber dejado a tu espalda un mundo más turbio y más amargo. Vivir no es nada. Un soplo, un chasquido, un viaje incierto y de recorrido corto. Pero es hermoso si tienes a alguien a tu lado con quien cantar un viejo y trillado villancico y decirle sin palabras que hacer juntos el viaje tuvo un sentido. A mí, al menos, tan poca cosa, me sirve, me sana y me vale.
Artículo publicado en el diario HOY el sábado 21 de diciembre del 2013
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