ENCUENTRE LAS DIFERENCIAS

Asomado al alto balcón de mi casa lo que veo es un paisaje de farolas que se pierden a lo lejos. Me impresiona la uniformidad de estas farolas en unos tiempos en los que el mérito se busca en la diferencia. Por eso proliferan las tiendas de tatuajes, porque estamparse un dibujo en la piel es el modo más escandaloso y económico de singularizarse.  El otro camino sería labrarse un carácter, pero a ver quién tiene ahora la cabeza para esas cosas.
Sin embargo, en la sosa uniformidad de las farolas se esconde una actitud revolucionaria. Son todas gemelas, idénticas como niñas en el recreo de un colegio de monjas, condenadas a una existencia de estribillo, sí, vale, pero cada una, inamovible y vertical en su puesto de trabajo, es absolutamente indispensable. Lo que importa en ellas no es la peana ni la forma ni la línea sino la luz.
Pensaba en esto a raíz de las declaraciones de ciertos políticos para quienes la moción de censura de Vara tuvo como objetivo demostrar las diferencias entre el PP, PSOE e IU. Puede que para ellos la cosa funcione así, pero para quienes no tenemos mucha idea de política lo que nos gustaría que nos mostraran no son las diferencias entre farolas sino farolas que alumbran.
El sesenta por ciento de los europeos pasa de política. Y subiendo. Es una barbaridad si nos detenemos a pensar en la de revoluciones, manifiestos y sangre que ha costado conseguir este simulacro de democracia en el que adormecemos. Ante las próximas elecciones europeas la gente de la calle muestra un desentendimiento absoluto. Se espera alcanzar cifras históricas de abstenciones. Esto solo tiene una lectura: la gente no encuentra diferencias entre esta clase política que ha hecho oficio del culpabilizar a los diferentes.
Sin embargo, no es verdad que todos sean iguales ni es verdad que todos sean innecesarios. Dicen por ahí que si no nos gobernaran los políticos, nos gobernaría Botín. Discrepo. Botín nos llevan gobernando muchos años. Lo que necesitamos es que vuelvan a gobernar los políticos. Estos que tenemos ahora son guiñoles. Y es evidente que a los que mueven los hilos les beneficia una democracia débil y enferma. El cáncer de la democracia es la desilusión. Y nada genera tanto odio como un alma decepcionada.
El señor Gallardón y el ministro del Interior podrían aprovechar ese afán que les ha entrado por condenar por ley los actos de incitación al odio en las redes sociales para sacar otra ley que incriminase cualquier acto político que arrebate la ilusión a los ciudadanos. Yo la veo más útil. Lo que diga un idiota por Twitter me trae al fresco, pero que me estafe un político me incita al odio muchísimo. Por eso apoyo sin fisuras esa iniciativa. Que a cada promesa electoral incumplida le acompañe una condena. A cada soborno un castigo. A cada fraude una pena. El discurso de las diferencias es un insulto. No me vale. Como las farolas, prefiero el discurso de la luz. Y la luz se demuestra alumbrando.
Publicado en el diario HOY el sábado 17 de mayo del 2014
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