ESTE VERANO, MONTAÑA (OTRA VEZ)

El gimnasio es un invento del diablo. Un infierno al que se entrega uno voluntariamente y pagando matrícula. Uno acude a ellos impulsado por la edad y por los kilos, buscándole remedio a un imposible, huyendo de los espejos. Aunque luego vas y te encuentras haciendo abdominales en un sitio repleto de espejos que multiplican hasta el infinito la tripa, la calva y las arrugas, justamente todo de lo que abominas.

Cuando se aproxima el verano, en los gimnasios se respira el espíritu conciliador de las iglesias: ambos sitios están repletos de gente con muy mala conciencia y con firmes propósitos de la enmienda. A ellos también se acude buscando firmeza, la de la voluntad y la de la carne. Pero la firmeza dura lo que tardan en aparecer las primeras agujetas. Ellas son tu prueba y tu maestro. Las agujetas te enseñan que un gimnasio es como el campo de batalla de una guerra civil en donde las bajas de los camaradas te crean conciencia de sobreviviente, y llegas a casa sin resuello, cargado de agujetas y calambres, pero con la sonrisa ancha y la alta moral de los judíos incluidos en la lista de Schlinder.
Los gimnasios, en fin, son como la Academia de Platón, un lugar donde se busca uno a sí mismo, pero donde es difícil hallarse, pues entre tanto espejo no aciertas muy bien a reconocerte en ese tipo fofo que te mira desde lo alto del sillín de una bicicleta estática. Siempre esperas que esa tripita sea la de otro, pero no. Como en la Academia, en un gimnasio uno flexiona, reflexiona y se contorsiona, se pesa y se sopesa, se mira, inspira y se suspira, y contempla las manecillas del reloj con la desesperación con la que un colegial mira al timbre que anuncia la hora de irse a casa.
El gimnasio, como la democracia, es un mal necesario, un invento griego adaptado a las necesidades de nuestra era y en el que no triunfan los mejores, sino los constantes. Y no lo digo por decir, hablo desde mi experiencia de hombre esforzado, de hombre que se alista todos los años a esta guerra contra uno mismo, y de la que siempre salgo perdiendo.
Pero aún hay que admitir que algo bueno sí que tienen los primeros días en un gimnasio, y es que son como si regresaras a la infancia: estrenas chándal y es como cuando estrenaste tu primer baby; aprendes palabras nuevas: que si mancuernas, steeps, aerobic; descubres músculos que ni imaginabas que existieran y mucho menos que pudieran doler tanto; aprendes por qué dicen que la carne es débil, en especial la tuya. Y hacia final de mes, lo más probable es que descubras la enseñanza más dura: que esto del deporte no va contigo. Entonces, si te queda valor y algo de sentido común, acabas regalando el chándal a una oenegé, convencido de que este año tampoco toca playa.
                                                                                             Publicado en el periódico Extremadura
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