LA ESTOCADA


Flavio Josefo fue un soldado judío del siglo primero de nuestra era que corrió a esconderse en un silo cuando Vespasiano sitió su ciudad. Lo que no esperaba Josefo es que allí iba a encontrar más ambiente que en el armario de Boris Izaguirre, pues resultó que el dichoso silo había sido ocupado por cuarenta mocetones judíos que, como el propio Flavio, buscaban salvar el pellejo.
En primera instancia, el tal Josefo, según cuenta él mismo en su autobiografía, intentó convencerles de que lo mejor era entregarse, pero los muchachos, que por lo que se ve tenían sus prejuicios morales, dijeron que ni hablar, que la rendición no la cubría el seguro. Así que Josefo cambió de estrategia. Ok, nada de rendiciones, pero al menos muramos con honor, que cada cual ponga la punta de su espada sobre el pecho de su compañero y apriete, de este modo moriremos libres, que es infinitamente mejor que vivir siendo esclavos de esos jodidos romanos colonialistas y capitalistas.
Y como eso del honor y la sangre por la patria ha impresionado siempre mucho a las almas cándidas, a los chavales la idea les pareció divina de la muerte,  y al grito de Roma, go home, se suicidaron los unos a los otros. Todos menos nuestro Flavio Josefo, por supuesto, que dejó lo de sacrificarse por la patria para mejor ocasión. Y pisando cadáveres patrios salió del silo para entregarse a Vespasiano, el cual, por cierto, acabó por llevárselo a Roma, donde hizo una brillante carrera política, siempre del lado de los poderosos.
Hay que admitir que el tipo era un figura. Su escuela ha tenido más predicamento entre nosotros que la del propio Platón. Por eso, cuando le vengan con lo de los recortes y sacrificios en nombre de la patria, no sea tonto y haga como yo, llévese la mano al pecho y espere la estocada.
Contraportada del periódico Extremadura
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