MAGIA Y MUJER: BRUJERIA Y HEREJIA en Extremadura II

CAZA DE BRUJAS
Mientras que los delitos de superstición en el conjunto de los tribunales españoles se encuentran en torno a 7,6%, para el caso del tribunal extremeño de Llerena este tipo de causas sólo representan el 2,4% del total de procesos abiertos. Sólo Sevilla, con un 2,1%, está por debajo del porcentaje llerenense. Eso puede ayudarnos a entender por qué el tribunal de Llerena, entre 1555 y 1668, encausase sólo a 229 personas por supersticiones y prácticas mágicas. Estos datos no casan con la tremenda caza de brujas que desde 1610 a 1615 alcanzó su culmen en los pueblos de Europa. Aunque también es verdad que estas cifras son engañosas y no pueden interpretarse como gesto de tolerancia por parte de los extremeños. Lo que en realidad sucedía es que la persecución de un determinado tipo de delito estaba fuertemente condicionada por la política represiva de cada tribunal.
En este sentido la profesora Testón señala que “hay que tener presente que a principios del XVII el tribunal de Llerena, como casi toda la España del suroeste, estaba inmerso en el problema morisco, lo que inevitablemente distrajo su atención de otro tipo de causas apremiantes”.
También influyó el factor geográfico. En el norte extremeño va a predominar la bruja, como era concebida en Europa. En el sur, los rasgos dominantes serán prácticas de hechicería y magia.
MAGIA Y MUJER
La magia, en Extremadura, fue una creencia que mantuvieron, fomentaron y difundieron sobre todo las mentes femeninas. Tanto es así que el 76,4% de los procesos abiertos lo fueron contra mujeres. Hablar, por lo tanto, de hechicería, es hablar de hechiceras.

Se han buscado múltiples explicaciones a este hecho. Explicaciones que van desde la rebeldía contra el sistema social o la debilidad femenina, hasta llegar al mundo del sexo, del verbo femenino y de su papel en la sociedad. Hay para todos los gustos. Pero ciñéndonos a los datos, la mujer que monopoliza el mundo mágico en Extremadura es, ante todo, una mujer joven. Sus edades, es cierto, están comprendidas entre los 20 y los 96 años, pero predominan las de 20 a 40 años. Mujeres jóvenes y casadas, en su inmensa mayoría. Así eran las llamadas hechiceras.
“La hechicera –como subraya Testón- es de carácter individualista”, muy lejos de la malvada bruja de los cuentos nórdicos, la misántropa que envenena las manzanas y se bebe la sangre de los niños. “Son, por lo común, mujeres rurales, diestras en el uso de las leyes naturales. Y a sus conocimientos acude el pueblo llano en busca de remedios para los problemas cotidianos”.
A la hechicera no se la persigue ni se la denuncia al Tribunal sencillamente porque no se ve en ella una figura maléfica.
La cultura popular extremeña concibe la magia como un elemento benefactor, quedando lo demonológico para la cultura de élite, más dispuesta para lo abstracto. El satánico vende su alma al diablo a cambio de un ascenso social o un buen matrimonio. La hechicera, en cambio, ofrece sus servicios para curar unos lobanillos, para curar unos lobanillos o para ayudar a parir a una vaca. La hechicera aporta su experiencia personal, enseña los conjuros, los ensalmos y los ungüentos para proteger de un marido violento, para salvar un matrimonio fracasado y, sobre todo, para conseguir el amor, aunque sea, en la mayoría de las veces, un amor adúltero. Pero, aquellas desdichadas que por un motivo u otro caían en las garras del Tribunal, eran sometidas a un auto público con insignias de hechicera y coraza, se las sometía a vergüenza pública, recibían entre 100 y 200 azotes y luego las mandaban a un destierro de 10 o 20 años.
Y, a pesar de lo que pueda parecer, creer en la magia no era cuestión de sexos, sino más bien sinónimo de pertenecer a los grupos más desarraigados de la sociedad tradicional: 9 moriscos, 2 judíos, 3 pordioseros y 1 esclavo fueron procesados por esta causa en la Extremadura de los siglos XVI y XVII.
No obstante, la magia llegó también a las altas esferas: 12 nobles –mujeres, por supuesto-, acabaron con sus huesos en las cárceles del tribunal por inmiscuirse en un mundo que sólo parecía concebido para los desheredados. Incluso algunos eclesiásticos adoptaron estas creencias. Sobre todo, aquellos que desde su calidad de clérigos rurales, con baja formación moral y dogmática, y muy próximos al pueblo por nacimiento y vivencias, participaron de su modo de entender el mundo. Y eso que las prácticas mágicas, casi de un modo prioritario, se encaminaban hacia el mundo del amor y del sexo. Pero también había espacio para otras cosas en el universo de la superstición. La magia se empleaba para las cosechas, para el nacimiento de un hijo, para curar un orzuelo. Hasta el padre Feijoó, en su Discurso de los Milagros Supuestos, se queja de aquellos que “impugnando milagrerías y embustes so capa de religión” profesan aún el supersticioso rito del “toro de San Marcos” en algunos pueblos de Extremadura.
La coautora del estudio Magia y Superstición en Extremadura sostiene que “este mundo mágico, de brujas y herejes corresponde, en realidad, a una especie de histeria colectiva que asoló Occidente durante los siglos XVI y XVII”. La plaga de brujomanía desaparecerá cuando a mediados del siglo XVII arraigue entre los grupos de élite una concepción más razonada de la brujería. O lo que es lo mismo, la magia deja de ser perseguida porque los teólogos y juristas dejan de creer en ella como en un crimen.
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