PROUST: EN BUSCA DEL TIEMPO INVENTADO

Hay libros para el invierno como hay libros para la playa o libros para no leerlos nunca, libros que se pasan toda la vida en el estante de casa y que te miran cuando pasas por delante de ellos con los ojos de los lomos haciéndote caídas de pestañas, seductores, reclamándote una cita. Son libros a los que uno no se atreve a decir que no, porque entraron en casa aureolados de un prestigio pedante, y no hay más remedio que decirles luego nos vemos, ahora mismo vuelvo, pero con la boca chica, postergando el encuentro para mañana, para el mes que viene, para una mejor ocasión, porque en realidad, aunque les tenemos el cariño que se les tiene a ese pariente viejo y viajado que visita nuestra casa durante nuestra infancia, nos asustan y nos cansan. En busca del tiempo perdido es uno de esos libros. El que sean siete tomos de quinientas páginas cada uno es algo como para amedrentar al más optimista. Pero si hay algún autor ideal para estos días de niebla, frío y lluvia, ese es Marcel Proust, y al amparo de su magisterio me he refugiado los últimos días.



Acabo de leer –tendría que haber empleado la palabra “releer”, que es lo que hacen los escritores de pro, y habría quedado de lo más falso, moderno y pretencioso; lástima que mi pudor no me lo haya permitido-, de modo que no me queda sino admitir que acabo de terminar el tomo primero, Por el camino de Swann, y supongo interesante el ejercicio de recoger de inmediato la impresión que le ha causado a un hombre del siglo XXI la lectura de este memorial compuesto a principios del XX pero con resaca del XIX. Porque Por el camino de Sawnn es eso, un impresionante ejercicio de melancolía. No sé qué dirán los psiquiatras al respecto, pero, en mi opinión, en las tres historias en que se divide el primer tomo lo que se esconde bajo ese manto de exquisito lenguaje y ese impecable conocimiento de ciertos aspectos de la naturaleza humana, es una enfermiza debilidad, una necesidad patológica de ser aceptado, una insana inclinación hacia el castigo y la culpa.

En la primera parte, el protagonista rememora la obsesión que sentía en los años de su infancia hacia su madre, la angustia dolorosa que le causaban esas noches en que ella se quedaba atendiendo a las visitas sin haber entrado en su habitación a darle el beso de buenas noches. Este beso y esta angustia son doscientas páginas.

Las siguientes doscientas cincuenta las usa el autor para contarnos cómo Carlos Swann, un tipo riquísimo, culto y ocioso hasta donde ya no se puede más, vive obsesionado, sometiéndose a constantes humillaciones por una mujer de vida alegre, Odette la cocotte, que le aporta bien poco pero que le cuesta una fortuna.

El final es una estampita de cincuenta páginas o menos donde se vuelve a la narración en primera persona y en las cuales la trama argumental es la obsesión del protagonista, ya casi adolescente, por Gilberta Swann, la hija de Carlos Swann. De nuevo estamos ante un personaje que se arrastra literalmente para conseguir una sonrisa, una mirada, una aprobación del objeto de su deseo. Todo muy literario, muy refinado, muy lejano y muy cursi. Pero en un lenguaje embriagador.

Es cierto que la introspección en el alma humana llevada a cabo por Prust es comparable a la de un cirujano sobre un cuerpo. Un cirujano diestrísimo, milagroso, pero que no emplea su ciencia para salvar vidas sino que más bien tenemos la sensación de estar ante un sabio que despachurra un cadáver y va mostrando pieza a pieza el mecanismo humano a sus alumnos. El cuerpo sobre el que trabaja Proust no es un cuerpo vivo sino un cadáver. Un cadáver exquisito. Porque me atrevería a decir que no es el cadáver de un hombre sobre el que trabaja Proust sino el diseño idealizado del cuerpo de un hombre que nunca existió. Proust no va en busca de un tiempo real, perdido en el limbo del tiempo y en el espacio, sino que la suya es una búsqueda lírica, épica, la búsqueda de un tiempo idealizado por su mente de esteta.

Él idealiza el pasado en el modo de Homero, poniendo frente al hoy gris, decadente y triste, un ayer sublimado y ficticio. Es cierto que en Prust los dioses no conviven, como en Homero, con los hombres, pero a cambio los protagonistas convierten en sus dioses a los frutos de sus morbosas obsesiones.

En el camino de Swann, siendo un monumento de la literatura, es decir, del conocimiento humano, no hay, sin embargo, ni una línea dedicada al mundo verdadero, ni una sola línea que nos acerque al mundo del trabajo, ni una palabra sobre la primera gran guerra, ni una alusión a esa revolución industrial que llenaba de niños y mujeres famélicos los hospitales para pobres. Solo literatura al servicio de una obsesión.

Si esta fuera la única obra que los extraterrestres tomaran para conocer el alma humana sería una triste, y ficticia, impresión la que se llevarían.

En el camino de Swann es un botón de oro en el ropero de la creación humana. Pero el corazón del hombre es muy amplio, muy complejo, y no siempre un botón sirve de muestra. Por muy de oro y muy Proust que se sea. 

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One thought on “PROUST: EN BUSCA DEL TIEMPO INVENTADO

  1. El comienzo del libro al que refieres lo utilizo yo (manoseado claro), en un artificio del copon, que aún no he terminado. Proust hablando de pobres? lo último parecido que recuerdo Florian, es a mi madre, haciendole un ingerto con mi tio al limonero, pa que diese naranjas.

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