RELATOS DE INMORTALES

He leído por vez primera a Paul Anderson, Relatos de inmortales. Entiendo que haya lectores que encuentren entretenidas estas lecturas. Yo admito que me aburro. No voy a negarles su mérito, pero me cansa tanto vikingo, ese fluir inagotable de sangre, ese extasiado galanteo con los rituales paganos. Detesto a los que se creen modernísimos sólo por suplir el ritual católico por otro igualmente añejo, sólo que de nombre exótico.
Yo sigo prefiriendo las fábulas coloristas y amables de Cunqueiro, con su rico verbo y su alegre bien vivir, a toda la estirpe del Señor de los Anillos y a la genealogía pseudo-celta de Anderson. Demasiada violencia. Todo está ensangrentado y hasta los protagonistas parece que lo que realmente buscan es que el autor tenga piedad de ellos y los mate de una vez. Quizás por eso mismo sea por lo que triunfe esta épica de poca monta mientras que permanecen en el olvido las de Cunqueiro. Las de Anderson y Tolkien huelen a hierro y sangre, las del gallego a humo de candela donde al amparo de una agradable conversación se asan pacíficamente unas tórtolas. Cosas de los tiempos:hoy hay adoración por las hamburguesas. Ya nadie apetece las tórtolas. Ni las conversaciones.
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