EL SANGUINARIO SECRETO DEL CICLÁN

Uno solo como un ciclán vía Imelda Portillo

Parece mentira que una palabra tan pequeña encierre una desgracia tan grande. Ciclán. Ha hecho desdichada la vida de muchos. En algunas partes del mundo continúa siendo un surtidor interminable de tristezas. A algunos ha llevado al suicidio. A otros, al deshonor y la vergüenza. Y a otros los hizo curas. No es una broma. Lo cuenta Mose Arragel de Guadlfajara en su Traducción y glosas de la Biblia de Alba, escritas en 1422, donde asegura que “el señor Maestre dice que este alguacil era ciclán y, así como lo castraron, tomó en sí vergüenza y metiose monje en uno de los templos, y fue allí ministro y preste”.

En efecto, ciclán es un castrado.

Ahora bien, si a principios del siglo XV se identificaban aún los dos términos, con el tiempo se fue diluyendo el significado hasta el punto que al entrar por primera vez en un diccionario – Autoridades, 1729-, lo hizo de esta manera: “el que tiene un solo testículo”.

Esta definición es la que permanece hasta el día de hoy. Sin embargo, no es del todo exacta.

Había que hurgar en la etimología, es decir, rastrear la historia de esta palabra, para comprender la verdadera dimensión del significado. La primera vez que la Academia se tomó en serio este rastreo fue en 1899, y no estuvo muy fina. Pensó que el origen estaba en la palabra latina singulus, que significa uno solo. Ya el diccionario de Domínguez, en concreto el Suplemento de 1869, había incluido una inédita acepción en la que reconocía que “se llama jocosamente ciclán a lo que está solo, único, sin compañeros”.  

Domínguez, en realidad, no hace sino anotar una extensión metafórica que venía ya de antiguo, documentada, entre otros casos ilustres, en La pícara Justina, de López de Úbeda, 1605: “Corríme de verme cogida en mi trampa y empanada en mi masa. Mas ya me contentara con que este disgusto fuera ciclán y sin compañeros”.

Pero, en la edición de 1992, la RAE corrigió el tiro y dictaminó que la voz no provenía del latino singulus sino del árabe siqlab, que a su vez la había tomado del latín sclavus.

Ahí ya intuimos la tragedia que encierra la palabra, el siniestro hilo que une al ciclán, al castrado y al esclavo. Pero todavía no vemos más que la patita del verdadero monstruo que hay detrás.

Si indagamos en la palabra esclavo notaremos que los pueblos antiguos llamaron de muchas maneras a los hombres y mujeres sometidos a la esclavitud: douloi, laioi, servi, servuli, mancipia o ancillae, pero nunca esclavos.

Entonces, ¿de dónde sale esta maldita palabra? De la voz slovĕninŭ, que es como se llamaba a sí mismo el pueblo eslavo. Los griegos bizantinos les llamaban sklabēnós o sklábos, de donde pasó al latín medieval como sclavus, y de ahí la tomó el castellano.

Nada que ver, pues, con el pueblo africano, ni con los asiáticos, ni con los indios. La basura hay que buscarla en nuestra propia casa.

En la Edad media el comercio de rubios eslavos/esclavos, previamente castrados, era un negocio de lo más rentable. Un valor especial se daba a los castrados por la perita mano de profesionales franceses; sobre todo, a los que provenían de la ciudad de Verdún donde la industria había adquirido particular renombre. Desde allí, y a través de Tortosa, Lucena y Almería, se vendían a los harenes musulmanes, que se pirraban por los esclavos exóticos.

En un principio, no todos los esclavos tenían por qué ser castrados. De hecho, solo lo eran aquellos especímenes que por su belleza o su talento estaban destinados a harenes o a trabajos especializados. Eso los convirtió en los más deseables y valiosos. Y, en consecuencia, hizo que los vendedores, en su afán de acrecentar el precio de la mercancía, pregonaran todos los esclavos -para ellos siqlab- como castrados, aunque no lo fueran. Y de ese modo se llega a la fundición de los dos conceptos en una sola palabra.

He aquí al descubierto el rastro de sangre de una sencilla e inocente palabra: eslavo, esclavo, siqlab, ciclán.

Quevedo, en el siglo XVII, decía en una de sus poesías jocosas:

“Yo, el único caballero,

a honra y gloria de Dios,

salgo ciclán a la fiesta

por faltarme un compañón”.

Y es que, en su tiempo, compañón era sinónimo de testículo, por aquello de que andan a pares. Luego, como una cosa lleva a la otra, se llamó ciclán, en tono chistoso, al que anda solo, sin pareja. Tiene su punto. Pero, una vez que sabes el origen, recorrido y tragedia de la palabra, hay que admitir que el chiste pierde un algo de gracia.

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