A MI MANERA

Abraham tiene ciento diez años. Fatigado y achacoso, conserva, sin embargo, la fe en su Dios como el primer día. Últimamente sufre visiones escandalosas, visiones que lo sacan a las tantas de la cama gritando consignas contra los infieles: ¡a por ellos, oé, oé!, o clamando el nombre de Dios en vano a los oídos titilantes de las estrellas. Los esclavos andan de los nervios, pero no dicen nada, que para eso son esclavos como Dios manda. La que está que se sube por las paredes de la tienda es Sara, su mujer, pero se muerde la lengua por no armar un espectáculo. 
Por eso, cuando el viejo Abraham comunicó a toda la familia que había recibido en sueños la orden de marcharse a tierras de Moira para celebrar un sacrificio, todos lo celebraron, aunque en un silencio respetuoso. Todos menos Isaac, el menor de sus hijos, al que el viejo había ordenado que lo acompañara. 
El crío quiso protestar, pero su madre le dijo: y a ti qué más te da, y el chico se vino a razones, porque en aquellas fechas ni había botellón ni happy party y los fines de semana eran más bien un coñazo, con perdón. De modo que a Isaac no le hacía gracia la idea de pasar el viernes noche con el viejo, pero obedeció. Y eso que un esclavo joven y con una sola oreja le vino a mitad de la noche a contar que el verdadero propósito de Abraham era sacrificarlo a Dios, tal y como le había ordenado un ángel en una visión. Los jodíos ángeles siempre fastidiando a la juventud. Isaac se acojonó, pero no dijo esta boca es mía. Sencillamente se acostó y se puso a maquinar un plan. Eran otros tiempos y los planes de estudios aún no habían maleado las neuronas de los niños, de modo que una noche en vela daba para mucho, como se verá.
A la mañana siguiente, Sara y el resto de la tribu contempló en silencio la marcha del patriarca. Esto le faltó a Abraham de ponerse a llorar cuando vio los rostros compungidos de su pueblo, pero se contuvo, no fuera que Pérez Reverte luego se cachondeara de él en los papeles. Saludó con temblorosa mano, y salió de la aldea. Ni un quilómetro llevaban recorrido cuando se escuchó el sonido estridente de las chirimías, las fanfarrias y los timbales. Abraham, con el corazón ingenuo de los tiranos, pensó que entonaban cánticos rogándoles al Señor que lo devolviera sano y salvo, y sintió agradecimiento en su corazón. En realidad, la música era una licencia que Sara concedía a los esclavos para festejar el alivio de unos días sin estrés.
En la tercera jornada de camino, divisaron el lugar que en sueños Dios le había indicado. Abraham ordenó a los criados que se quedaran junto al asno y obligó a Isaac a que lo acompañara monte arriba.
.- Padre mío, dijo el niño.
.- ¿Que si he “comío”?, sí, hijo, gracias.- dijo Abraham, dando claras muestras de decadencia física.
.- No padre, que digo que llevamos el fuego y la leña, pero no veo el cordero del holocausto por ninguna parte.- gritó Isaac.
.- Tú métete en tus asuntos y déjate de cachondeo.
Así fue como llegaron al lugar idóneo para el sacrificio. Abraham levantó un altar, hizo subir allí a su hijo y luego lo ató de pies y de manos. Corría una brisa casi primaveral, pero Isaac sudaba como en pleno Julio. Alargó Abraham la mano y empuñó el cuchillo para degollar a su hijo. En ese momento se oyó una voz entre los zarzales:
.- Detente, Abraham.
.- Más fuerte, más fuerte.- dijo Isaac.
.- ¿ Qué dices, hijo?
.- Suerte, maestro, suerte. Sólo eso.
.- Detente, Abraham, detente.- tronó ahora la voz, con un esfuerzo tan manifiesto que casi soltó un gallo.
.- Heme aquí, dijo Abraham arrodillándose.
.- Anda, anda, suelta ese cuchillo y no hagas una barbaridad.
.- ¿Cómo dices?
.- Que no levantes el brazo contra tu hijo, pues ahora sé que eres temeroso de Dios y ni tu propio hijo me has negado.
.- En eso tiene razón, ahí te ha dado.- dijo Isaac.
Alzó Abraham los ojos y vio que había un carnero enredado por los cuernos en la maleza. De haber tenido menos años, el que el carnero luciese sobre el lomo un tatuaje idéntico a los corderos de su propiedad quizás le hubiese sorprendido, pero Abraham estaba demasiado mayor y demasiado excitado para tales menudencias. Llegóse a él Abraham, lo apresó y lo ofreció en holocausto. Eso sí, un poco disgustado con la poca atención que prestan los jóvenes a las viejas tradiciones, porque mientras él mataba al cordero, su hijo se entretenía en regatar no sé qué servicio con un esclavo al que le faltaba una oreja. Cosas de la gente joven.
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