APROXIMACIÓN POÉTICA A LISBOA



En cada rincón de Lisboa me nacía un artículo que nunca escribiré. Las tascas viejas y casi sórdidas, las que asan sardinas y pedazos de cerdo en plena calle. Los bares que hacen un esfuerzo por aportar algo de modernidad a la ciudad. Las mujeres que llevan la letra de un fado escrita en el iris de los ojos. Los muchachos que te miran con recelo y con orgullo.
En cada rincón de Lisboa perdí un artículo para siempre, un poema, un puñado de versos que no supe escribir porque me dediqué a mirar, a oler, a vivir. Lisboa es la ciudad que habría que poner como ejemplo del poder nefasto de los malos políticos. Se palpa a cada paso, en cada calle, la desidia con la que sus gobernantes dejan que los barrios históricos se caigan a pedazos, literalmente. Tantas fotos hacíamos los turistas a los monumentos sublimes como a las casas achacosas y medio arrodilladas, engastadas en basura y abandono, regadas con orines de borrachos y de no borrachos, sobrecogidos todos por la tristeza de este espectáculo intolerable, como el de ver a un viejo héroe en el trance final. A Lisboa, como a los viejos héroes, lo que le sobra es el presente, le asfixia el presente. Todo lo demás es en esta ciudad un lujo. El pasado es su justificación, su credencial, su currículum. Y el futuro, si por cosas del azar consigue enhebrar con una casta política medio decente, puede ser tan brillante, alto y claro como ese cielo que te sale a recibir en cuanto bajas del coche.
Lisboa se tragó de una sentada un hatillo de páginas que ya nunca escribiré. Se alimenta Lisboa de nostalgia ajena. Esa es la naturaleza de su famosa saudade. Su saudade es un manto de tristeza donde deja el viajero un jirón de su propia melancolía.
Publicado en la contraportada del periódico Extremadura



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