ARRIANO, ETIMOLOGÍA, HISTORIA

 ARRIANO: Se llama arriano al que sigue la doctrina de Arrio. Sobre cuál sea esta doctrina se sabe algo; sobre quien fue el tal Arrio, su vida y su obra, apenas nada. Que fue un sacerdote nacido en Libia hacia el 256, que a la edad de 60 años discrepó con la Iglesia acerca de la naturaleza de la Trinidad y que murió en el 336. No es gran cosa para todo un fundador de una corriente de pensamiento. Pero es que incluso esto, siendo poco, es inexacto, deformado y malintencionado. Nada extraño si tenemos en cuenta que de sus muchos escritos apenas ha sobrevivido el puñado de fragmentos que sus adversarios copiaron aquí y allá entre sus propias obras con la sola intención de criticarle y afearle el modo de pensar. Un modo de pensar, por cierto, que le acarreó cárceles, exilios, y pobló su vida de enemigos tan poderosos y tan agriados que, según una leyenda de la que hace eco Voltaire en su Diccionario Filosófico, llegaron a implorar muy seriamente a Dios para que pusiera fin a su vida. Y  justo el día de San Macario, estando Arrio con un pie en la puerta de la catedral de Constantinopla, Dios tuvo a bien escuchar la plegaria de los antiarrianistas y mató al hereje haciendo que se le salieran las tripas por el culo.

¿Pero tan terrible era la doctrina de este hombre como para provocar las iras del mismo Dios? Lo cierto es que no. Lo cierto es que, como sacerdote, debió enfrentarse con frecuencia al papelón de tener que explicarles a sus feligreses  ese galimatías de cómo siendo tres personas hay un sólo Dios verdadero. Si existía una respuesta, sin duda debía hallarse en la Biblia. Y ahí la buscó Arrio. Y basándose en palabras de la Biblia fue como llegó a la conclusión de que si el Hijo ha sido creado de la nada por Dios, lo lógico es pensar que ni es eterno, ni es el Dios verdadero, ni igual al Padre. Y lo mismo se puede decir del Espíritu Santo. En su opinión, ninguno de los dos es Dios.      
                                                        
Esta teoría no tardó en captar un gran número de adeptos, poniendo en peligro la unidad ideológica de la Iglesia. Al emperador Constantino no hizo ni pizca de gracia estas disensiones. Y no precisamente porque el emperador tuviera una concepción de la religión en extremo piadosa. Lo que importaba al emperador, según cuenta Eusebio de Cesarea en Vida de Constantino, era institucionalizar el monoteísmo. En su cabeza establecía la siguiente relación: un solo Dios, un solo rey, un solo imperio.  El Dios de los cielos tenía que ser uno, del mismo modo que el rey de la tierra sólo podía ser uno: él. Y para darle viso de autoridad a ese credo convocó un concilio. El de Nicea, que se celebró en el año 325 de nuestro señor. De su bolsillo salieron las monedas con las que se pagaron los gastos del concilio. Él mismo presidió los debates. Más que un simple mecenas, fue el emperador el gran vigilante de la ortodoxia. Aunque esta ortodoxia discrepara con la lógica y con las mismas Escrituras. Cuando decimos “creo en Dios Padre, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, creo en Jesucristo, su único hijo,  creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados y la resurrección de la carne y la vida eterna”, estamos repitiendo la resolución de este concilio. Y echando otra palada de tierra sobre la memoria de Arrio.  
Afirma Voltaire que el arrianismo reapareció a mitad del siglo XVI,  armado con una nueva fuerza y con extraordinaria incredulidad. Cuarenta caballeros de Vicenza, dice en el Diccionario Filosófico, fundaron una secta donde se reconocía a Jesús como verbo, como salvador y como juez; pero negaron su divinidad, su consubstancialidad, y negaron la Trinidad. Newton y Locke se afiliaron a esta secta.
 A finales del siglo XX, Juan Eslava Galán vuelve a hacer un guiño al arrianismo en su famosa novela En busca del unicornio. Allí encontrará el curioso lector a un tal Miguel Castro, ballestero al servicio del rey, el cual en su último aliento rogó al confesor le resolviese una vieja duda: “dígame, padre, si la Santísima Trinidad es una persona o son tres. El fraile le explicó, con muy concertadas razones, el misterio de la Trinidad y ponía la voz persuasiva para decirle que es como tres regatos que se juntan en un solo arroyo, que es como tres cabos de velas juntas en una sola llama, que es como dedos que se juntan en una mano. A lo que replicó Miguel Castro, que ya tenía los ojos cerrados y estaba más blanco que el papel, que los dedos de la mano eran cinco y fray Jordi contestó, impacientándose, que la mano que él tenía pensada sólo tenía tres dedos.  El ballestero entonces replicó: Fray Jordi,  que aún no me tiene persuadido, que no entiendo si es una persona o son tres. Y el fraile contestó, con voz incomodada y enfadosa: Y a ti qué te importa si son tres personas. ¿Es que acaso las vas a tener que mantener?”.
Este Miguel Castro del que habla Eslava Galán era un soldado del siglo XV. Once siglos hacía de la muerte de Arrio y aún se persignaba la gente al pronunciar su nombre. Cuando Covarrubias tuvo que explicar en su Tesoro de la lengua castellana, de 1611, quién era Arrio, lo despachó, lacónico, con un par de palabras cargadas de intención y de veneno. Dice así:
 Arrio: Herege perniciossísimo.
Y en la RAE, esto es lo que dicen de su doctrina y de su persona.
1770 a 1817: ARRIANO: El que sigue los errores de Arrio, herege del quarto siglo.
1817 a 1884: El que sigue los errores de Arrio y los que pertenecen a su secta
 1884 a 2011: Dícese de los herejes sectarios de Arrio, el cual enseñó que el Verbo ó Hijo de Dios no s igual consubstancial al Padre.
 2001 y siguientes: Se dice del hereje partidario de Arrio, que, a diferencia de los cristianos, negaba la consubstancialidad del Verbo.
De mi libro Hombres con nombre
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