BRUJAS DE GUANTE BLANCO

Hacia el siglo XIV las desigualdades económicas eran tan sangrantes como lo son ahora. El pueblo, tal que hoy mismo, amenazaba con rebanarle el cuello a los ricachones, nobles, eclesiásticos de púrpura y bonete que vivían a cuerpo de rey mientras ellos hozaban como cerdos, literalmente.

Oliéndose el motín, los dirigentes se sacaron de la manga un modo de desviar el odio y, al mismo tiempo, poner al pueblo de su parte. Fomentaron el viejo temor a las brujas. Que el año era de hambrunas, culpa de las brujas. Que había sequía o morían niños de garrotillo, es que había brujas en el barrio.

Si la gente no prosperaba no era culpa de un sistema económico de mierda, ni porque los obispos y los príncipes se pasaran sus obligaciones por el forro del birrete. No. La culpa era de una pobre mujer que tenía tratos con el diablo. De ese modo la gente aprendió a denunciar al vecino, a odiar a otros tan miserables como ellos mismos. Y en su desesperación se vieron en la necesidad de acudir a los ricos, a los nobles, a los eclesiásticos para que les libraran del maligno, ignorantes de que ellos eran el maligno.

Ahora ya no hay brujas, pero hay crisis, que es otro modo de llamar al diablo. Y nuevamente la culpa no es de un sistema económico de mierda, ni de una clase política irresponsable, ni de una jerarquía eclesiástica que vive de la usura moral. No. La culpa es mía y es suya que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. La culpa es de lo funcionarios, de los jubilados, de los inmigrantes. Puede que los tiempos sean distintos pero la estrategia parece la misma. Sembrar cizaña. Dividir a la gente. Inventarse brujas donde sólo hay mangantes de guante blanco. El caso es obviar la justicia, acaparar riquezas, aunque haya que pactar con el mismo diablo. 

Publicado en El periódico Extremadura el sábado 1 de junio del 2013
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