CANTO PARA UNA GORDA

Me gustan las mujeres gordas, macizas, rellenas de sí mismas como un odre mullido y cálido. Me gustan gordas porque he descubierto que en su obesidad alcanzan una rara virtud, una especie de recato que las torna tímidas; y es esa timidez la que las hace sumisas y entregadas, como si, además de amor, debieran tributo al hombre que acaricia sin náuseas sus carnes, que aprecia el tacto sinuoso de su vientre, que interpreta versos en la caligrafía azul de sus varices. Las gordas adoran como a dioses a los hombres que besan cada mañana sus michelines. Por este motivo, cuando vi por primera vez a Luisa en una clínica para regular el peso, sentí el vértigo que siempre me ha producido lo obsceno.
Resultaba tan apetecible aquella carnosidad prieta y sonrosada. Tan perfecta su pequeña papada, su pecho neumático y afrutado, sus manos blancas y redondas como dos lunas gemelas. ¿Por qué se empeñaba entonces en renegar de esa belleza de diosa matrona y megalítica? ¡no la toquéis que así es la rosa!
Me acerqué a ella con la timidez de un enamorado, pero sin titubeos. La invité a cenar; pero estaba a régimen. Insistí y, aún sin emplearme a fondo, acabé disuadiéndola de lo absurdo de su empeño. Y fue en aquel Delicatessen donde comenzó nuestro idilio, sazonado de patés, cogollos de lechugas y entrecot al pimentón. Gracias a mi inquebrantable tesón, recobró la confianza en sí misma. Empezó a alimentar su adiposidad con cariño idéntico al que otras dedican al riego diario de sus macetas. Aunque, a decir verdad, aún le notaba yo ciertos escrúpulos. ¿Qué superstición la alejaba de las confiterias? ¿Qué extraña querencia la suya hacia la sacarina? Se me hacían insoportables aquellos remilgos que contravenían nuestra religión. Así que un día me planté: cariño, le dije, o la sacarina o yo. Y entonces nos zambullimos en una orgía de merengue y bizcochos de nata.
Luego, cuando me miraba de aquella rara forma con sus ojos huidos y misteriosamente alegres desde la cama del hospital, yo palpaba su mano almohadillada y le decía: Luisita, hija, qué trabajo te habría costado confesarme lo de tu diabetes.
Pero la pobre no contestaba, sonreía mirando al techo como si estuviera ya en el otro mundo.
Del libro Esa extraña familia de la que te hablé
fotografía Javier Remedios 
Publicado el

3 thoughts on “CANTO PARA UNA GORDA

  1. A mi las gordas me atraen muchisimo sexualmente, pero no se si debería dar rienda suelta a este gusto por ellas, yo soy un tío q se preocupa muchisimo por el físico propio, pero en las chicas no te creas q me gusta q estén mazizas, sino que tengan carness,…

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