CONFIESO QUE HE BEBIDO

 Yo no maldigo mi suerte aunque tabernero nací. A quien le salen los dientes apoyado en la barra de una vieja taberna es como si la vida le regalara una licenciatura en cada codo. Conoces a los hombres y, sobre todo, conoces los límites de tu paciencia. No es poca cosa. Aprendes que cada hombre o mujer que se arrima al mostrador trae consigo su propia novela y de ella, mal que bien, arrancas siempre una enseñanza.

Por eso me cuesta creer en el botellón.  Me cuesta creer en esa marea de carne joven que ejecuta sus ceremonias de cortejo y alcohol en torno a macetones de plástico y botellas de refrescos a granel. Es una claudicación ante el monstruo del mogollón y la economía. Yo creo en los bares. Creo en la intimidad de esas cuatros paredes donde se gesta el milagro de la madurez, el prodigio de las amistades eternas hasta la siguiente copa. Creo en esos profesionales que a fuerza de conocer al dedillo tus gustos y tus manías te acaban adoptando como amigo. Creo en los camaradas del hielo y el vaso tertuliado. Creo en el sortilegio de los espejos de los bares, porque ellos siempre te muestran el momento oportuno de regresar a casa. Frodo conoció a Trancos en el mesón del Poney Pisador.  Jim Hawkins, el protagonista de La isla del tesoro, mira por vez primera a John Silver El Largo en la taberna El Catalejo. Don Quijote y Sancho pasean su gloria por los mesones de los caminos. El corazón de Casablanca es un antro llamado el café de Rick. Las grandes obras clásicas son grandes precisamente porque hablan de las cosas que nos importan, y en todos los tiempos y a todas las generaciones nos han importado las mismas cosas: la compañía elegida, el tiempo moroso, la risa que sana, la copa que consuela, la música que calma las tristezas del alma. Obsequios que uno ha ido encontrado por los bares.
También puedes leerlo en La crónica de Badajoz
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