CONTRA LOS MALOS TRATOS II _ SUSTANCIAS PELIGROSAS_

En el año 2004 publiqué un libro de relatos, Muertes Impares, donde se exponen siete tipos distintos de encarar la muerte, y una de ellas era la de una mujer a manos de su propio marido. Está narrada en el tono obsesivo y enfermizo en el que yo entiendo deben andar las palabras por la cabeza de alguien que pierde los estribos hasta el extremo de convertirse en asesino, una cabeza sin tino, sin norte, sin sosiego, por eso no hay ni un solo punto en la narración, todo transcurre de un tirón, empujando una palabra a la otra, una acción a la otra, hasta el trágico final.

sustancias peligrosas

Chapas, boletos, cabezas de gambas relamidas y desprovistas de su jugo y sustancia, gargajos blanquiazules, rojigüaldas, verdiamarillos, gargajos de todos los colores y de todas las razas, escupitajos inocentes y acuosos, mondadientes, servilletas de papel arrugadas, servilletas de papel que algún manitas hizo bolas con indudable pericia y arrojó al suelo casi casi dentro de la papelera, una tiza, alguna cajetilla de tabaco vacía y muchas, muchísimas colillas de cigarrillos negro y rubio: este es el decorado de mi vida, el panorama con el que cada tarde y cada noche me enfrento cuando de barrer se trata los suelos de la taberna, una vez a las cuatro -esa hora infame en que me corresponde limpiar el suelo de la primera camada de clientes -; la segunda vez a las doce de la noche, esa otra hora en que parece que tocasen retirada en el reino de los infiernos y esta pandilla de gallofantes se vuelve a sus guaridas, dicho sea sin ofender, que no es yo que me considere más santo que nadie, qué va, ni tampoco más golfo que cualquiera, ya me conoces, pero no creo que mereciese tan desafortunada existencia, que aunque uno carece de estudios y de dinero para comprarlos y mucho menos de vocación para echarle un pulso a la suerte o a la vida, al menos no ha sido nunca un cabra loca, ni de esos que se comen la sardina de cuatro bocados cuando mozos y a la vuelta de unos pocos años, siempre menos de lo que se esperan, se ven como gatos zarrapastrosos lampando las espinas, no señor, yo siempre fui formal, excesivamente formal, irreprochablemente formal, qué te voy a contar a ti, y no me hagas ahora empezar con ese rollo de echarle las culpas a mi infancia, que bastantes vueltas le hemos dado ya al asunto, ni con eso tan trillado de que mi padre es un tirano que quebró con sus torpezas mis esperanzas, o pintarte otra vez y otra y otra, y van miles, a mi madre como la bruja histérica que sigue apareciéndoseme en sueños, qué va, mejor no menearlo, allá cada cual con su conciencia y con su estómago, pero reconoce que también tú tienes mucho delito en comportarte como lo has hecho, sabiendo la que se me venía encima, que bien podías haber echado una mano y no quedarte cruzada de brazos, observando cómo me ahogaba en un vaso de agua mientras te pedía socorro en el único lenguaje que conozco, un poco zafio tal vez, algo grosero, para qué nos vamos a engañar, pero ya sabes que las sutilezas nunca fueron mi fuerte y que una vez que se me calienta la sangre no sé atenerme al comedimiento ni al recato, qué le vamos a hacer, cada quien es cada quien y cada palo aguanta su vela, como suele decirse, pero tú, cariño, que tienes letras y eres mujer de residencia de monjas y de universidad y te das maña para mondar las naranjas con tenedor y cuchillo y sabes decir diferencia, como Dios manda, y no diferiencia como pretenden los cuatro palurdos de mi taberna -y yo mismo, que, a decir verdad, siempre consideré diferiencia como palabra más complicada y, por lo tanto, más culta -, pues tú, ya digo, bien que podías haberte arremangado las calzas del sentido común y no mentarme a ese Schopenhauer de los cojones, ni restregarme a Steiner por los morros cada vez que nos juntábamos con esos amiguitos tuyos: que si Lope de Vega por aquí que si Umbral por allá, que si Doris Lessing esto que si Arrabal lo otro, y yo claro, por no desentonar, sonreía y pagaba las copas, que, ahora que caigo, con el dinero que he arrojado al pozo de tu vanidad y en aparentar delante de tus amigos me podría haber agenciado la mismísima biblioteca de Alejandría, pero a la señora, siendo tan lista, no le alcanzaba la sesera a entender que una mujer que está donde debe comprende a golpe de vista el sufrimiento de su marido, no señor, tú erre que erre, dale que te dale al verbo y a la gramática, y yo, mientras tanto, soportando horas de taberna, sobrellevando con resignación ese sabroso ruidito que hacen mis clientes cuando sorben los jugos de las cabezas de las gambas, hasta que un buen día, mira tú por donde, uno ya no aguanta más, se le nubla la vista, se le hinchan las venas del cuello y entonces ya no hay Schopenhauer que te salve ni Arrabal que lo remedie, y creo que ha sido hoy, hace una hora o quizás un minuto, para el caso es lo mismo, la cuestión es que yo venía con el caletre alterado, con una sobredosis de boquerones en vinagre y de rejos fritos y cuando te he visto tan ajena, tan distante a este mundo mío de letras impagadas, de reparadores de electrodomésticos que nunca acuden a la hora pero que, en lo tocante a sus honorarios, son como cigüeñas de puntuales y precisos, he sentido que por fin se hacía la luz en mi cabeza, quise contenerme, ya me viste, pero me invadió algo así como lo que los artistas llaman la vocación y los toreros la voz de la sangre, y un poco como borracho y otro tanto como para apaciguarme, me senté en mi sillón preferido, encendí la tele y busqué con el mando a distancia algo que me hiciera olvidar tu cara de lechuguina embadurnada en ese potingue pringoso y verde, pero tú, erre que erre, dale que dale a tus cosas; entonces, ya lo viste, apagué la tele y, por lo bajo, como si fuera un sacristán que masculla sus latines, me puse a repasar la alineación del Betis, lo juro, con la más apaciguadora de las intenciones, que cada uno emplea como mejor sabe o sencillamente como puede las armas que Dios le metió en los serones del alma, y fui trepando por nombres, apellidos y motes, desde el delantero centro hasta el portero, sin dejar atrás a los suplentes ni a todo el equipo técnico, pero no hubo forma de hacerte callar, ni de sofocar este incendio que poco a poco me iba abrasando los huesos, la sangre y la paciencia, y el colmo fue cuando desde la cama, mientras leías a ese puñetero Steiner, cuya madre será una santa pero él me tenía hasta los mismos, me corregiste de segundas, que ya son ganas, y entonces, cuando escuché aquello de diferencia, cariño, no diferiencia, no sé qué fue lo que se me vino encima, pero reconozco que perdí los papeles, o los gané por primera vez en mi vida, que eso nunca se sabe, el caso es que me levanté, con mucho calma y empaque, admítelo, agarré la almohada y te la estampé en tu pringosa cara, y a pesar de ser un hombre sin estudios y con menos lecturas que una hoja parroquial, comprendí, sin muchos esfuerzos, que maldita la gracia que te hizo mi arranque, que hasta yo mismo me asusté un poco cuando vi aquel librito tan flamante que tú, con tanto esmero, habías encuadernado de papel de periódico, desprenderse de tus manos y deslizarse sábanas abajo hasta dar con sus doscientas sapientísimas hojas un sonoro y seco golpe contra el suelo, pero luego seguí apretando y apretando y mientras pataleabas, te lo juro, cariño, me dio por buscar con todas las ganas de que soy capaz esa palabra que tú de vez en vez arrojabas a mi cara como un guante y que yo, ya conoces mis lagunas, jamás llegué a entender; qué demonio de palabra, cuál sería, son tantas y tan raras, cuanto más las busca uno más se escurren, es como si estuvieran untadas de esa baba repugnante que chorrean las truchas; buscaba y buscaba, pero, como tú seguías empeñada en dar coces y en forcejear, no había forma humana de concentrarse, hasta que por fin te quedaste callada, modosita, muerta y, entonces, como por birlibirloque apareció la dichosa palabra: insustanciabilidad, el palabro se las trae, insustanciabilidad, qué querrá decir, tentado estuve de soltarte y coger un diccionario, pero mejor no, me dije, mejor es paladear su sonido e ignorar lo que sea que signifique, como cuando uno canta una hermosa canción extranjera y tararea y chapurrea y se emociona sin que nos importe un pimiento lo que estamos diciendo, yo seguía apretando la almohada contra tu cara al compás de esa palabra in-sus-tan-cia-bi-li-dad y en ese momento, no sé bien por qué, se me ocurrió que alguna relación tendría con la palabra sustancia y esto me llevó, en un salto, a la cabeza de las gambas y éstas a la taberna y ésta al reloj que desde la mesita de noche me apuntaba con sus manecillas impacientes y acusadoras y entonces me di cuenta de que se me estaba haciendo tardísimo, y fue al levantar la almohada y ver tu carita de recién muerta cuando recordé por qué me había enamorado de ti, por qué en aquellas dos almas tan distintas había sido posible la coyuntura, volví a encontrarme con esos ojos profundos que me fascinaron en el primer encuentro, con tus manos que ahora ya sin vida podía besar y palpar sin hallar diferencia o diferiencia entre una y otra; es una pena, cariño, que no puedas verte, aunque quizás sea mejor así, pues, con lo tiquismiquis que has sido siempre, a lo mejor te sonrojabas y te bajabas a toda prisa el camisón, no fuera a ser que te descubriera un pedazo de carne de tus exquisitas piernas, o tratabas de recomponer los desconchados que la almohada ha hecho en tu crema facial; sin embargo, lo juro, yo te veo ahora más bonita que nunca, o al menos tan bonita como antes, como cuando nos conocimos y no tenías la sesera cuajada de nombres raros ni de libros extravagantes y sabios que, bien pensado, te han servido de tan poco.
Publicado en el libro Muertes Impares con el título de Sustancias Peligrosas.
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One thought on “CONTRA LOS MALOS TRATOS II _ SUSTANCIAS PELIGROSAS_

  1. Hola, quizás os interese saber que tenemos una colección que incluye el relato 'To Room Nineteen' de Doris Lessing en versión original conjuntamente con el relato 'Recitatif' de Toni Morrison.

    El formato de esta colección es innovador porque permite leer directamente la obra en inglés sin necesidad de usar el diccionario al integrarse un glosario en cada página.

    Tenéis más info de este relato y de la colección Read&Listen en http://www.ponsidiomas.com/catalogo/toni-morrison—doris-lessing.html

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