FANTASMAS

El perro de mi vecino aúlla cuando pasa una ambulancia o un coche fúnebre. Últimamente también aúlla cuando paso yo. ¿Es un cachondo o es que me está queriendo decir algo este hijo de perra? No lo sé, el caso es que el trayecto que va de mi casa a la cafetería me lo he pasado rumiando esta idea como si de un hueso sin tuétano se tratara. Y allí, frente a uno de los espejos que desafortunadamente tiene el bar de mi barrio, al fin he descifrado la broma. Me he visto tan mayor en ese puto cristal que he caído en la cuenta de que el perro de mi vecino no me aúlla a mí sino a todos los cadáveres que pasean conmigo. Porque uno, como quería Quevedo, es una presente sucesión de difuntos, y saca a pasear a sus sucesivos fantasmas como el que saca a pasear al abuelo artrítico. Sólo que a veces lo olvidamos.
Yo tengo, como todo el mundo, mi propia jauría de fantasmas. El niño que fui -quizás el niño más soñador e inocente que haya conocido aquel viejo barrio de pueblo y que murió de una sobredosis de realidad-, pasea junto al fantasma del adolescente tímido y lascivo, lector y megalómano. Y, a su lado, cómo no, aquel muchacho joven que por pura timidez tapaba los silencios con un friso de tonterías interminables. Esos fantasmas y más, son a los que aúlla el perro de mi vecino. Si me concentro un poco, también yo puedo verlos. Puedo oírlos. Hace unos días, un amigo me pidió que le echara una mano en buscar un epitafio para la lápida de su padre. Y resulta que su padre fue uno de esos hombres que marcaron, para bien, gran parte de mi infancia. El, por ejemplo, puso en mis manos mi primer disco de música clásica. En fin, que buscando algo que poner en la lápida de mi amigo me he sorprendido hablando con él como si fuera uno más de mis propios fantasmas. Y es que quizás no seamos tan egoístas ni tan estúpidos como aparentamos. Quizás no solo de virutas de nuestra vida se alimentan nuestras almas sino que también tienen trazos y trozos de las almas de aquellos a los que amamos. Si alguna vez nos hacemos mejores es por cuanto de ellos hay en nosotros. Días hay en que, cuando más solos creemos estar, paseamos, en realidad, con una legión de fantasmas. Nosotros no lo sabemos, pero los perros sí.
Al menos el perro de mi vecino, que es un cachondo.


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