FERIA, ENTRE EL CASTILLO Y LA VIDA.

Feria. Fotografía Imelda R. Portillo
 Bajo un cielo de plomo y ceniza la estampa del castillo de Feria, abriéndose paso a bocados entre la niebla, es como una barcaza gigante apareciendo de pronto en esta mañana anacrónica, sin mar y sin rumbo. Para el que no lo conozca, el pueblo de Feria, entre Badajoz y Zafra, es uno de esos rincones que de caer en las manos adecuadas sería portada de cualquier revista de viajes. Altivo y pretérito, las raíces de su castillo, árbol mutilado y sin vocación de futuro, lo tienen condenado a un pasado que no fluye.
La corredera. Imagen: Imelda. R. Portillo
A Feria le llaman el Balcón de Extremadura como podrían llamarle el Gasol de piedra, porque es, con sus calles musculosas, empinadas, sus casas de una belleza sin pretensiones, su iglesia mimética y humilde, un coloso que seduce en la distancia. Pero cuando te acercas y le miras cara a cara a los ojos te das cuenta que es, como tantos otros de nuestra tierra, solo un pueblecito más al que adormeció la mano del tiempo y del hastío. Todo cuanto se puede decir de él es que, generoso, ofrece gratis al viajero lo mejor de su talega: olor a campo, vistas inmensas, silencio. Paz.
Parroquia. Foto: Imelda.
El pueblo duerme a la sombra del castillo. Da la apariencia de que, en un momento determinado, al castillo, por un flanco, de una lanzada le abrieron una costura por la cual se derramó esa sabia pedregosa y encalada que son ahora sus calles, su vida. Siempre que visito Feria me acuerdo de aquella reflexión que se hiciera Ortega y Gasset delante de otro castillo: ¿cómo tiene que ser la vida para que la casa resulte un castillo? El castillo supone la guerra cotidiana, la vida como beligerancia. 
Si la orografía es la letra minúscula de ese paisaje sin fronteras que es la Creación, la arquitectura es la letra minúscula con la que se escribe la historia de la civilización. El ágora, expresión de la vitalidad griega, instrumento para la puesta en común, el yo entendido como un nosotros que se robustece y moldea en el contacto entre iguales; el castillo es un caparazón, un salvaguardarse de los otros, un estrechar los horizontes hasta el límite, el castillo es el monumento que levantan los hombres cuando el alma se les vuelve puerco-espín.
Quiosco de la música. Imagen: Imelda. R. Portillo
Aún es pronto para saber qué valoración hará el futuro de nosotros en función de nuestra arquitectura. Pero puede servir como referente que el edificio más alto de Extremadura es Caja Badajoz; el más alto de España, Caja Madrid; y el más alto de Europa, Ciudad de Capitales de Moscú, dedicado a oficinas. Solo para que conste, en esta primera década del siglo XXI, cuando un ciudadano se encuentra bajo el techo de un edificio perfectamente habilitado, donde podrían vivir apaciblemente una docena de familias, es decir, con su aire acondicionado, calefacción central, suelos de mármol, paredes insonorizadas, impecables sistemas de control de seguridad, puertas y ventanas con doble acristalamiento, etc, tiene la completa seguridad de que está en un banco, en una agencia de seguros, en una gran inmobiliaria. En cualquier parte menos en una casa.
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