HAGA ALGO DOCTOR

Usted dirá lo que quiera, doctor, pero a mí esto no me parece normal.  Yo antes saltaba de la cama y me tiraba al periódico como un gato al bofe. Ahora me tiro igualmente, sí, pero paso las hojas con desgana de carne deprimida. Y eso no tiene lógica. Porque, y ahí es donde yo veo la anomalía, cuando digo antes me refiero justo al tiempo en que leer un periódico era aburridísimo, solo hablaban de inauguraciones de polígonos industriales y fusiones de bancos, cosas así. Lo más emocionante que encontrabas era un accidente de pádel. Como si el mundo posara para una crónica de Manuel Vicent o Francisco Umbral.
Y, precisamente ahora, cuando la cosa está que arde, voy yo y me apago. Qué contrariedad. Que usted me salga con que no soy yo solo sino que el país entero se contagió de esta epidemia, a mí, si le soy sincero, me consuela muy poco. Yo lo que quiero es que  me recete algo fuerte, aunque sea pagando el euro de la receta.  
Veo el ridículo que El País ha hecho con la portada de Hugo Chávez a poco menos de un mes de haber puesto a lo más granado de su plantilla en la calle y ya ni vergüenza siento, solo desidia.
Algo parecido a lo que me pasa con los reportajes sobre los coches de época que la Zarzuela guarda en sus garajes y que la prensa saca pocos días después de que el Rey saliera por la tele diciendo que hay que apretarse el cinturón. Antes sentía rabia, doctor. Ahora ya no. Sólo impotencia. Y desgana. Podría seguir, doctor, escribiéndole  causas y síntomas de esta dolencia mía, pero desde que subieron el recibo de la luz y me bajaron el sueldo, en casa no encendemos la estufa y tengo los dedos encarambanados. Ya sabrá usted  disculparme. Le dejo  la nota sobre la mesa para que cuando vuelva usted de la huelga de su ramo la atienda si procede. Suyo, Pánfilo Bendito.
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