HIJOS DE CAÍN

Ya está. Encontré la respuesta. Ni indignados ni leches, lo que pesa sobre vosotros ustedes no es una crisis económica, es una maldición de Dios. Ya podéis esforzaros cuanto queráis, que será inútil de toda inutilidad. Estudiad, estudiad, malditos, hurgad en los entresijos de la informática, convertíos en genios del rock, desangraos en másteres, quebraos los lomos en la búsqueda de un sueño perdido, pero ni vuestro trabajo dará frutos ni vuestro destino puede ser otro que habitar en tiendas y ser por siempre perroflauteros. Por qué. No le preguntéis a Stéphane Hessell, que es poco lo que puede aportar; la respuesta está en la Biblia:

Y Dios le dijo a Caín: “maldito seas de parte de la tierra. Cuando la trabajes no seguirá dándote su vigor; errante y fugitivo serás en la tierra”. Se alejó Caín de delante de Yavhéh y habitó en el país de Nod, al oriente de Edén. Conoció Caín a su mujer y dio a luz a Henok. Y edificó Caín una ciudad a la que dio el nombre de su hijo. Y a Henok le nació Irad e Irad engendróa Metusael, que engendró a Lámek. Lámek tomó a dos mujeres: Adá y Sillá. Adá dio a luz a dos hijos: Yabal, que es el padre de todos los que viven en tiendas y tienen rebaños, y a Yubal, padre de todos los que tocan la cítara y la flauta. Génesis, 4, 11, 21.

Ahí lo tenéis. Nuestros padres ya eran perroflautas y acampados. Sois, somos, hijos de Caín, los que llevan un estigma en la frente en forma de genes torpes, según la patronal, o en forma de contrato precario o de cartilla del desempleo, según vengan los tiempos.  Nuestro reino, escrito está, queda por siempre al oriente del Eden. Palabra de Dios. No es la Banca, no es Zapatero, no es Rajoy, es Dios quien nos la tiene jurada.  Y Dios ni olvida ni perdona.

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