HISPANIA SIEGUE SIENDO ESPANIA

Cuando una cadena de televisión española anuncia el estreno de una serie histórica, lo primero que a uno se le ocurre es cruzar los dedos y rezar para que la cagada no sea de arte mayor. Pero si esa cadena, para más inri, es Antena 3, entonces ya no hay santo al que encomendarse. Imposible el ademán. Si comparamos Hispania con Roma o con Spartacus, por citar dos ejemplos recientes y de una misma temática, dan ganas de llorar. Y no lo digo por el color, por el tratamiento de la imagen, por la calidad musical, cosas, después de todo, excusables si cotejamos presupuestos. Lo digo por los diálogos, los argumentos, las interpretaciones. Lo malo no es que veas a Darío, el noble, y te parezca que estás viendo a Santi Millán , el de 7 vidas, lo malo es que da la sensación de que en cualquier momento va a salir Pepe Viyuela haciendo de Golfus de Roma. Lo cual, dicho sea de paso, podría salvar la serie. Los guionistas deben ser tan jóvenes que confunden la invasión romana con una invasión zombi. Pintan unos romanos tan malos que dan miedito. Olvidan que Roma, como todo pueblo invasor, cometió muchas atrocidades, pero si se extendió tan rápido por la Península no fue precisamente por su brutalidad sino porque junto a las botas de sus legionarios traía el progreso. Y, admitámoslo, el ardor patriótico se enfría cuando a uno le cambian el yugo por el mendrugo. Pero no vamos a eso, vamos a que en Hispania, ya que no rigor histórico, al menos nos habría gustado encontrar a un héroe ibero del que enamorarnos, como cuando niños nos enamorábamos del Jabato y del Capitán Trueno. Un tipo duro y leal, caballeroso y bravo, pero que, como a Moratinos , a veces se le ablanda el corazón. Un hermano mayor que nos devuelva el orgullo. Alguien que nos rescate. La televisión nos lo debe.
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