LA CHINA

Siempre que salgo de noche por Madrid me acabo encontrando con la china de las cervezas y el tabaco. Digo que es china por decir, pero lo mismo es vietnamita. No lo sé. Me limito a pasar por su lado y a mirarla, triste y seca como un poste de bambú, exhibiendo su mercancía en una de las esquinas más transitadas de Gran Vía. El sábado anterior también estaba, casi invisible entre ese tsunami de gentes que celebrábamos el día del orgullo gay. Solo que esta vez, como un pimpollo de asfalto, le había florecido la competencia. No me sorprendieron tanto las voces de tenor cómico con las que el tipo pregonaba su mercancía  como comprobar que era  español. Y  no me habría sorprendido tanto si no fuera porque durante el resto de la noche me fui encontrando por los bares con otros españoles vendiendo rosas para enamorados, horribles gafas fosforescentes e incluso a uno  que portaba en la cabeza un muestrario de borsalinos de última moda, tareas que hasta ayer solo veíamos a extranjeros. Es la crisis en estado puro, ese tobogán que hoy te hace firmar el préstamo para un todoterreno y al poco, como en las viñetas de los cómics, te lleva a vender sombreros de paja por los bares. También en Extremadura han vuelto los vendedores de garbanzos tostados, los afiladores callejeros, los vendedores puerta a puerta. El sueño de la sociedad del bienestar se resquebraja y todo se nos va en reproches y en recortes. Incluso  Obama dice que lo peor está aún por llegar. Pero yo confío en que prevalezca el sentido común. Sentar en el banquillo a los responsables y buscar la senda de otra sociedad posible. Ya sé que es mucho confiar, pero mejor eso que confiar en la suerte, esa que me lleva, entre un millón de personas en fiesta, a toparme siempre con la china triste de las cervezas.
también puedes leerlo en el periódico Extremadura
Publicado el
@ Quédese con el cambio 2018
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