LA SOLEDAD DEL MEJILLÓN

Amancio Prada y Florián Recio

La tristeza del mejillón es un asunto mal estudiado. Los científicos consideran que se recubre con ese caparazón negro por mera supervivencia, pero no es eso. No es sólo eso. Los hombres de ciencias solo ven los hechos, y pasan por alto las razones psicológicas del mejillón. Yo veo en el mejillón una tristeza lírica, de poeta maldito. Por algo será que los poetas antiguos vestían también de luto riguroso. Y Raphael y Serrat y Paco Ibañez. Y Amancio Prada.

Reconozcamos que la naturaleza le ha escatimado al mejillón las alas para el vuelo, le ha negado un par de aletas con las que unirse al arrebato de las olas, le ha privado de piernas con las que huir del conchero y del aburrimiento. Entonces, qué le queda al mejillón sino el ostracismo. El destino lo ha condenado a la quietud, y qué martirio más triste que el de ser pasivos en medio de una orgía de movimiento. Sospecho que el mejillón, como Amenábar, quisiera perderse mar adentro, y sólo la falta de herramientas naturales le obliga a quedarse aferradito a una piedra sin otro consuelo que el de esperar la llegada de un pescador de bajura que traiga entre los dedos su eutanasia de nácar y un limbo de escabeche.

La naturaleza, por mucho que traten de justificarla los ecologistas, gasta en ocasiones una mala leche que no hay quien la aguante.
Pensaba en este asunto mientras paseaba por la feria del motor y el tunning que se celebró días atrás en Almendralejo. Pudiera parecer que lo uno no tiene que ver con lo otro, pero yo no estoy tan seguro. Miro a esos chicos y a sus ruidosos coches de diseño y me doy cuenta de que me he convertido sin saber cómo ni cuándo en un mejillón. No es que me vaya a poner ahora a echar pestes del modo de divertirse de la juventud, porque podría entreverse una envidia que no siento. Por el contrario, lo que me invade es una nostalgia semejante a la que debe sentir el mejillón cuando ve pasar a su lado los fugaces bancales de peces. Yo habría querido hacer con el mundo lo que estos chicos hacen con sus coches, una remodelación escandalosa y llena de colorines, sólo que uno, qué se le va a hacer, carece de dientes de tiburón, y se fue achicando. Ya sé que decir así, a bote pronto, que soñaba con remodelar el mundo suena a presunción de megalómano, pero más megalomanía se necesita para ser dueño de un zoológico o presidente del gobierno y no dejan por eso de tener su prestigio. Y puestos a elegir, qué quieren que les diga, prefiero a los que gastan su tiempo soñando con un mundo mejor que a quienes lo gastan en mejorar su coche.
Insisto en que no es presunción, sólo desconcierto. Me desconcierta esta súbita metamorfosis que traen los años. De tiburón a mejillón en un abrir y cerrar de branquias. Bien pensado, la vida se porta con nosotros como con las Torres Gemelas. Nos alza a una altura soberbia para prendernos fuego en nuestro mejor momento y dejarnos convertidos en chatarra en mitad de un mundo que no se detiene.

Como nos zarandeaban las olas, creíamos nadar. Pero sales un día a la calle, tal como hoy, y te das cuenta que te importan un bledo casi todas las cosas; que si alguien menciona la palabra sensatez ya ni sonríes; que el calentamiento del globo te la trae al pairo y que confías tanto en el protocolo de Kioto y en que el mundo vaya a mejor como en que se te aparezca la Virgen o en que regrese la República.
Queden estas palabras, pues, para advertir a quien las leyere de que si un día se siente vencer por el desánimo, empieza a vestirse de oscuro, prefiere la palabra escrita a la compañía humana, le cuesta un horror salir de casa y desconfía de todo, no se asuste, no es grave, es sólo que ya no es un hombre sino un mejillón.
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3 thoughts on “LA SOLEDAD DEL MEJILLÓN

  1. Pero… ¿Y lo bien que se está a veces de mejillón?
    Y, por suerte, los mejillones nunca salen solo de uno en uno, después de todo… Algo es algo.

  2. Los mejillones a veces, se engalanan con colorida vinagreta antes de ser devorados. Es una bonita forma de lucir justo antes de desaparecer.

    P.D. Es un placer leerte, Florian

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