MAESTRO SEPTIEMBRE

Hay en septiembre una lección de fugacidad
El cielo de Septiembre tiene el azul de un uniforme escolar. Septiembre es un mes infantil y melancólico que trae en el aire gritos de patio de colegio. Nunca como en septiembre somos tan conscientes de lo rápido que pasa el tiempo, es decir, nunca como en septiembre somos tan conscientes de que vamos a morir. Dicen algunos filósofos que lo que buscamos en la poesía, en la religión, en el arte y en la ciencia es una preparación al acto incomprensible y ridículo de morir. Entonces, Septiembre es el mes más filosófico del año. En ese ritual de vuelta al colegio, de quedarte por la noche forrando libros con tus hijos, haciendo recuento de sus bolígrafos y libretas, hay toda una lección de fugacidad. Es como si fuera ayer mismo cuando se sentaban tus padres  a la mesa de camilla para cumplir contigo el ritual y ahora, mírate, sin apenas darte cuenta, te ves cumpliéndolo con tus propios hijos, como si hubieran cambiado el decorado y sin que nadie te avisara ni te dieran tiempo a reponerte. Luego te vuelves a mirar y encuentras la mesa de camilla vacía, tus hijos se han ido a la universidad, al mundo, dejándote a cambio el silencio y un pedazo de plástico de envolver libros de texto en un cajón del salón. El ritual ha llegado a su fin. Pero septiembre, puntual, indiferente, sigue llegando a su cita y tú te levantas una mañana y no sabes a qué se debe esta sensación de ser una pluma con la que el viento ya se cansó de jugar. Paseas por la casa como un sonámbulo. Abres la ventana y el aire te trae el jolgorio de un patio de colegio cercano. Es septiembre. El tiempo pasa. Es solo eso.
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