NADA CAMBIARÁ MI MUNDO

Algún dios dictó una orden de alejamiento entre el dinero y yo, que trato de incumplir cada mañana. Lo he intentado todo, incluso trabajar. Se conoce que al dinero le asusta incumplir los designios divinos y se aleja de mi como si mis dedos derritieran la plata. Allá él. Yo habría sido para el dinero un marido cariñoso. Y fiel. Amaría con devoción su tacto metálico y frío, idolatraría el sonido cantante y sonante de su voz como si de una diva de la ópera se tratara: jamás se la pegaría con una tarjeta de crédito ni con un cheque bancario. Qué ordinariez. Llamadme romántico si queréis, pero a mi hucha de cerdito le hice una funda de macramé de nudos chinos, por si un día el dinero cambia de opinión y le da por quererme. Puede que no sea yo digno de que entre en mi casa, pero, oye, el empujoncito de un puñado de ceros bastaría para sanarme.
Y supongo que con el talento pasa algo parecido. Lo tiene quien lo tiene, no el que lo busca. Y el que lo tiene lo gasta. Yo tuve, desde niño, un talento especial. Era un virtuoso del ensimismamiento y la melancolía. Era el Botín de las quimeras. Soñaba con tanta pasión que a veces hasta me salían pupas en el pensamiento. Al principio mis padres pensaron en llevarme a un médico. Al final pensaron en dejarme directamente en casa de un médico y salir corriendo. La cosa, lo admito, pintaba mal. Hasta que un día escuché a The Beatles. Mano de santo. Mi melancolía se canalizó. Aprendí a disfrazarme de hombre normal y salir a la calle como si en mi cabeza no pasara lo que pasaba. Narcotizaba mi pensamiento con una de aquellas canciones y podía estar en el mundo durante horas, hablar de coches, de fútbol, comprarme zapatos de cordel y jerséis de Lacoste y pantalones chinos con total disimulo. La voz de Lennon resonando en mi cabeza era como un chaleco antibalas. Contra ella nada pudo ya la melancolía. Hermano mayor, amigo del alma, nunca escaqueó su ayuda cuando la necesité. Ni siquiera cuando lo mataron. Aún hoy, cuando lo necesito, acude como si tal cosa. Es lo que tienen los genios, que van a lo suyo y ni se enteran de que están muertos.
Voy a cruzar el puente del medio siglo y es como si el niño aquel que fui no quisiera irse. Lo espanto con las manos y él me dice turutú: Nothing’s gonna change my word. Pero es mentira, el mundo cambia, nosotros cambiamos, nuestro mundo se transforma en otra cosa sin darnos cuenta. Hasta que un día escuchamos una canción de aquellas que escuchábamos siendo críos y es como si pusiéramos al alma frente a un espejo. Cómo se estropean los cuerpos decimos a veces; cómo se estropean las almas, diríamos, si no fuera porque la música nos endulza los labios y nos hace más sabios en el silencio. 

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4 thoughts on “NADA CAMBIARÁ MI MUNDO

  1. Antes mis ojos, el típico post que embellece, hasta la saciedad, las típicas trampas de la mente. Las palabras que justifican hasta qué púnto (todo, en realidad) somos creadores de nuestras propias circunstancias.

    Ante mis ojos, la prueba de que creemos que está fuera lo que está dentro. Menuda combinación, Florian. Explosiva, sin duda alguna: la típica migrañosa y el típico tipo sin talento y divorciado del dinero a perpetuidad.

    Creamos lo que pensamos. Te lo creas o no.

    Tu post es un cabronada para ti. Y el título… para echarse a temblar.

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