NADA QUE DECLARAR: CINE EUROPEO QUE ROMPE FRONTERAS

 Ayer estuve viendo Rien à déclarer, Nada que declarar, de Dany Boon, y pasé un rato más que agradable. Lo primero que se me pasa por la cabeza, supongo que como a casi todo el mundo, es pensar por qué no conseguimos que el cine español o que el cine español de comedia, para ser más exactos, tenga este tono ligero, agridulce, tierno y entrañable de cierto cine francés e italiano, sin caer en el sexo chusco ni en el chiste de pedos. Ya sé que hay críticos por ahí, Sergi Sánchez, del Diario La Razón, por ejemplo, que comparan esta película con las peores de Alfredo Landa. Allá ellos. A mi, sin embargo, me parece que Nada que declarar, como su predecesora, Bienvenidos al Norte, logra lo que se propone: divertir, entretener sin caer en lo zafio ni en lo chabacano y dando a los personajes un punto hilarante de cómic, de teatro de vodevil y de caricatura fina que te hace abandonar la sala sin que te escueza el bolsillo. Pero entiendo que aquel que vaya buscando en esta película el trasfondo del cine expresionista alemán salga defraudado. A los demás, les encantará.
A mi me hizo pensar en otra gran película: en Amici Miei, de 1975, del recientemente desaparecido Mario Monicelli, que fue traducida al español con el título incomprensible de Habitación para cuatro. Esta película tuvo varias secuelas pero creo que ninguna fue tan rompedora y original como la primera, aunque hace tiempo que no la veo y ahora dudo de si la primera o la última fueron mis preferidas. Qué más da. En todas se cuenta la misma historia: un grupo de hombres ya entrados en edad que se reúnen para gastar bromas y seguir viviendo una vida de adolescentes que les sirva de paréntesis del mundo real.   
Algunas de sus bromas rozaban el masoquismo y la mala leche, es cierto, pero, por encima de todo aquello, al igual que en Nada que declarar, lo que prevalece es el lirismo contenido, el valor de la amistad, la melancolía por la edad perdida, el humor como salvavidas. Son películas, tanto aquellas de Monicelli como esta de Dany Boon, donde se nota que el presupuesto es limitado, que lo ilimitado es el amor por el oficio, y eso se agradece. Vale que quizás no estemos hablando de una obra inmortal, pero a quién le importa. Lo que uno quiere cuando entra en un cine es que no le aburran ni le engañen, que le entreguen lo que le prometieron. Y esto es justo lo que yo encontré y lo que le agradezco al director (que por cierto es también el guionista y protagonista): noventa minutos de evasión, de sonrisas, de cine europeo desenfadado, digno, talentoso, sin complejos.
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