OBEDIENTES HASTA EN LA CAMA

Hacia las once de la mañana de hoy domingo 31 de marzo, me fui al bar de siempre a tomar café y leer la prensa. Lo que vaya a encontrar en los periódicos no me va a gustar en absoluto, lo sé, pero es difícil desprenderse de los viejos vicios adquiridos. Más crisis, corrupción a tutiplén, y cinco páginas con los pasos de semana santa. La crónica de una estupidez anunciada.
Cumplido el rito, salgo del bar, de vuelta a casa. Y en la mitad del trayecto saludo a un tipo al que conozco de vista, de los del pueblo de toda la vida. Cuarenta años, chándal de domingo. Hola y adiós. Pero cuando le he adelantado medio metro me llama por mi nombre. Me aborda. Y me cuenta que está pidiendo por las calles. Que tiene tres hijas. La menor de ellas de doce meses. Que se le acabó el desempleo, que hace meses que no recibe ayudas. Cáritas, familia, poco más. Sé que no me miente. Es un hombre de cuarenta años, padre de familia numerosa y está llorando al decírmelo. Hay vergüenza en sus ojos y le tiembla la voz. Yo no sé qué decir. Se está desangrando en palabras, delante de mí, en medio de la calle. Y sin darme cuenta soy yo el que siente vergüenza. Vergüenza de tener una vida más o menos sin tragedias. De buscar noticias en la prensa mientras la vida se resquebraja justo a mi lado. Siento vergüenza porque nos hemos instalado en la inmoralidad y la hemos convertido en paisaje cotidiano. 
Hay quienes se preguntan por qué en España no se ha levantado la gente en armas, por qué no sale a la calle a pedir justicia con  las uñas y con los dientes. Estamos aún en los tiempos de Jarcha. Obedientes hasta en la cama. Vivir tu vida y en paz. Sólo que hay días en que a tu vida se acerca un tipo, de los de aquí de toda la vida, y te arroja un escupitajo de realidad a la cara. Entonces no sirve la poesía, ni las palabras, ni los cuentos. Vivimos en refugios de mentiras maquilladas. Y afuera la vida se desmorona. 
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