QUE ALEGRABA SIEMPRE EL CORAZÓN

Hoy el pueblo ha amanecido plagado de fotografías de Fofó, el payaso de la tele. Por lo visto es un homenaje que se le hace a su memoria, aunque, según me cuentan, es un homenaje con truco, ya que quien patrocina el asunto es Rody, su sobrino, el hijo de Gaby, el otro payaso muerto.

Pero a mí lo que me importa  es que la cara de Fofó la he ido encontrado cada veinte metros a lo largo de la carretera y me ha dejado en la boca un regusto a infancia, como cuando al abrir un álbum de fotos nos topamos de golpe con un rostro casi olvidado. Y es este olvido el que se me ha quedado repiqueteando, incordiando  en las sienes durante todo el día. Ahora que tanto se habla de la muerte de Jobs, de la influencia de Jobs, del legado de Jobs, no estaría de mal que alguien de por aquí se pusiera a hacer cuenta de la influencia y del legado que estos payasos de la tele ejercieron sobre varias generaciones de españoles. Ellos no inventaron Apple ni nada que se le parezca, pero siempre alegraban el corazón, que no es moco de pavo.
De los tres hermanos, Gaby, Fofó y Miliki, creo que sólo sigue con vida este último, y digo creo porque lo cierto es que hace años que no sé nada de él. Y es esta ignorancia mía la que delata la injusticia que se le hace, porque si hay alguien que en verdad merezca nuestro respeto, nuestra admiración y todo tipo de homenaje es precisamente este hombre. Máxime cuando estamos al día sobre la Belén Esteban, sobre la duquesa de Alba, sobre otra mucha gente que no aporta a nuestras vidas más que tedio, simpleza sobre simpleza. Y si bien es cierto que a la vuelta de la esquina también a ellos les espera el olvido, es triste y chusco que compartan el mismo destino unos que otros.
Una vez Julia Otero, en el programa de televisión más emotivo que recuerdo, rindió un sencillísimo homenaje. Salió a la calle, puso el micrófono en boca de gente anónima, les dio el pie de una canción y todos, jóvenes, viejos, niños, padres, catedráticos y albañiles, absolutamente todos sabían continuarla. Una canción y otra canción. No eran éxitos de los Beatles, no eran canciones de Michael Jackson, eran canciones de Miliki, el payaso de la tele. Susanita tiene un ratón, Feliz en  tu día, La gallina Turureta, En el auto de papá, Los días de la semana,  Mi barba tiene tres pelos.
Coño, las estoy recitando de memoria y me doy cuenta de que sé más canciones de los payasos que de Bob Dylan, al que han propuesto para el Nobel de literatura. Vale que no son canciones para cantarlas amartelados bajo la luz de la luna, ni para una banda sonora de Woody Allen, sólo son canciones infantiles, pero tenían una función y la cumplieron sin resquicios. Son canciones que han modelado una sensibilidad.
Pasará el tiempo y nadie recordará quien fue el tal Miliki, pero estoy convencido de que los padres seguirán cantándoles estas canciones a sus hijos.
Ignoro qué tipo de homenaje, qué tipo de premios habría que concederle a este hombre que no haya recibido ya, pero habría que hacerle uno al año, por lo menos. Decirle, donde quiera que esté, amiguito que Dios te bendiga, que reine la paz en tu día, esas cosas, demostrar a quienes aportan bondad y talento a nuestras vidas que al menos somos agradecidos. Luego, cuando muera, todos los homenajes estarán de más. Luego, cuando muera, encenderemos la tele y alguien nos preguntará, cómo están ustedes, y sólo podremos responder: tristes. Tristes y avergonzados.
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