SAFARI EN ROMA

Roma en agosto es un roquedal que canta en sol sostenido su canción eterna. Tan sostenido que ni por las noches refresca. Por agosto en Roma ejercen su imperio los mosquitos, las chicharras y los turistas. Una legión de turistas armados de chanclas y cámaras fotográficas que disparan sus flases y su asombro a un rebaño de edificios colosales, exhaustos y dóciles como leones de zoológico. Roma es un safari. Un parque temático donde el reclamo es la historia, el arte, y los espaguetis.

Escribo estas líneas con la emoción palpitándome en la yema de los dedos. Más que un artículo es una declaración de amor, una carta de despedida a esta hermosísima ciudad donde el viajero siente más que en ninguna otra parte que la palabra “siempre” es sinónimo de vanidad. Adiós, Roma. Te dejo justo hoy, en el aniversario de la muerte de Leónidas, aquel espartano que murió para que los bárbaros no entraran en Europa. Sin embargo, los bárbaros no hemos hecho otra cosa que entrar y salir de la historia de Europa. Nuestra especie no da sino bárbaros a los que asusta el espectáculo de su propia grandeza. Y, como para no olvidarnos de quienes somos, cuando la finura nos circunda la sacudimos hasta convertirla en ruinas.  

Cuenta la leyenda que Miguel Ángel se arrodilló ante la estatua del Laocoonte, agradeciendo a Dios este don de acercarnos a lo perfecto a través del arte. Yo he estado frente a esta misma estatua y me fue imposible cualquier emoción. Un safari humano me lo impedía. A mi lado un tipo apartó por un instante el ojo de su cámara y preguntó a su compadre: ¿quién es el gachó de la estatua? El dios ése que se come a sus hijos, respondió el otro con la voz rotunda de la ignorancia. Y se fueron los dos, impasible el ademán, a batir otra pieza centenaria con el paso invicto de los bárbaros.

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