TE TRATARÉ COMO A UNA REINA

Eran las cuatro y media de la tarde de un lunes. En la cafetería, el camarero limpiaba vasos de cristal junto al grifo de cerveza, mientras que un matrimonio de unos cuarenta años tomaba sus cafés apoyados contra el mostrador. No había nadie más que ellos y yo. El caballero hablaba por un teléfono móvil y su mujer miraba a un lado y a otro, aburrida. Yo veía los ojos de aquella señora, sus gestos perdidos, la melancolía de sus dedos llevándose el cigarrillo a los labios, tan bien dibujados, y me dio por pensar en la historia de esos ojos, en tratar de averiguar qué estaría pasando por la cabeza de aquella mujer. Me la imaginaba de niña, saltando a la comba con sus amigas, haciendo cábalas sobre su futuro, perfilando en sueños el rostro del hombre con el que se iría del brazo a recorrer el mundo y que acaso en una noche de luna le susurrase al oído te trataré como una reina.
Y el caballero, que vestía como un tiburón que ha sobrevivido a todas las batallas financieras, hablaba con voz tronante en un lenguaje plagado de términos jurídicos y con tal profusión de datos bancarios que sentí pudor de mi inocencia y sentí lástima de los ojos de esa mujer que iba posando su mirada en los lomos de todas las botellas, que seguía el vuelo bobo del humo de su cigarrillo, hasta que en el espejo colisionaron sus ojos contra los míos y ahí se detuvieron por un segundo, como tomando resuello.
Entonces pensé que quizá también ella se estuviese preguntando quién era yo y cuál el secreto de mi vida, el que me hacía tomar café a solas en una esquina de la tarde. Sus ojos me hacían sospechar de mis propios ojos y quise imaginarlos tal como los había de ver ella desde el otro lado del espejo. Los busqué, y por detrás del cristal acabé encontrándome con un rostro idéntico al mío, pero más viejo, más triste, más cansado, los ojos de un hombre que se resistía a confesar que también él tuvo hace años a su propia alma de niño entre las manos prometiéndole te trataré como a una reina, para luego olvidarla en un rincón o taparle la boca con un televisor de plasma y unas vacaciones ruines a la orilla del mar.
Sentí un nudo en la garganta que ningún café del mundo podría desatar. Dejé una moneda sobre el mostrador y me marché. El hombre continuaba embebido en su teléfono, arrojando datos, números y cifras con las que atar en corto a aquellos ojos tan tristes que volaban perdidos por el techo. 
Publicado en el periódico Extremadura
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