THE LATE SHOW’S GOSPEL CHOIR EN BADAJOZ

Hay momentos en la vida en que se tiene plena consciencia de estar viviendo una estampa a la que se recurrirá en los instantes de melancolía. Hay momentos en la vida en que miras a tu alrededor y es como en esas películas americanas en que el director hace el silencio sobre una escena determinada y nos deja a solas con la mirada subjetiva del protagonista, todo emoción.
Así fue para mí anoche. Y eso que la cosa no empezó bien. Habíamos acudido, mis hijos, Imelda y yo, al viejo jardín del Museo de Bellas Artes de Badajoz con la esperanza de escuchar a The Late Show’s Gospel Choir sentados tan ricamente en una de las primeras filas. Eran las ocho y media y el espectáculo comenzaba a las nueve de la noche, de modo que parecía que el tiempo no tendría por qué ser un inconveniente. Sólo que al llegar nos encontramos con una cola de gente de más de cien metros. Explicación: entrada gratuita hasta llenar aforo. Y con todo, nos quedamos. Por supuesto, nada de primeras filas, ni soñar con pillar sillas, aunque, gracias a la pericia de Imelda, logramos un sitio cercano, si bien algo esquinado. 
Quince minutos de espera, y comienza el espectáculo. Los que hayan presenciado alguna vez en directo un coro gospell sabrán de qué les hablo o, por decirlo mejor, de qué no puedo hablarles, porque es algo que hay que vivir en carne propia. Es lo más parecido a sumergirse en una ceremonia órfica o participar en un ritual de los misterios pitagóricos. Música convertida en comunión de almas, voces que te arrastran, ritmos que son lenguaje. Los pies ya no te pertenecen, las palmas baten solas, un deseo incomprensible e irrefrenable de cantar te domina.
Entonces, por un segundo, soy capaz de detenerme, de mirar a mi alrededor y me veo allí, en medio de una sala atiborrada de gente de toda edad y condición arrebatada por un sentimiento unánime, todos en pie, incapaces de contenerse, tocando palmas, cantando, sonriendo, poseídos por un antiguo dios,  haciendo honor al verdadero significado de la palabra entusiasmo. 
Entonces ocurrió. En ese instante es cuando miro a mis hijos, miro a Imelda y los veo entregados a ese dulcísimo abandono que solo consigue en ocasiones la música, y los siento dichosos, alegres, completos. Fue un segundo, quizás menos, pero lo suficiente como para darme cuenta de que, como en un poema de Andrés Trapiello, yo estaba siendo testigo del pasado de mis hijos, que dentro de pocos años y dentro de muchos años, quizás cuando yo ya ni exista, mirarán atrás y pensarán que hubo una noche a principios de siglo en que unos extraños trajeron a Badajoz, envuelta en un paño de voces y música, un pellizco de felicidad. Eso ya no habrá quien se lo arrebate. Y yo estuve allí. 
 El coro que actuó anoche en Badajoz, 
sin ser tan numeroso como el  que aparece en este vídeo, 
sí reflejó el mismo entusiasmo, la misma altura y calidad.
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