ABOTAGARSE O ABOTARGARSE. ETIMOLOGÍA E HISTORIA DE STEFANELLO BOTTARGA

La imagen de la derecha corresponde a Bottarga
ABOTARGARSE: cuando decimos que la vecina del cuarto ha salido a la calle con la cara abotargada, además de una malicia, estamos, sin saberlo, aludiendo a un hombre que conoció el éxito durante años y el olvido durante siglos, a un actor que vivió allá por el siglo XVI y del que, debiéndole mucho, lo ignorábamos casi todo, hasta que un día… Pero no adelantemos acontecimientos.

Compañía de Ganassa
Centrémonos en la palabra abotargarse. Según el diccionario de la Real Academia, abotagarse es hincharse un cuerpo debido a una enfermedad, pero, si levantamos una punta de la palabra, descubriremos que en ella colea, como un pez que se resiste a morir, el sobrenombre del cómico italiano Abagaro Francesco Baldi, alias Stefanello Bottarga, quien en los inicios de nuestro Siglo de Oro trabajó en la famosa compañía de Ganassa interpretando a la máscara Magnifico, también conocido como Pantalone, el viejo cornudo casado con mujer joven. Lo más característico de este personaje fue su indumentaria, de la que con el tiempo derivaría la palabra pantalón, pero esa es otra historia.

Pantalone
Bottarga, cuando se subía al escenario, se disfrazaba de forma grotesca, inflando su cuerpo con ropajes de colores extravagantes y ridículos y le correspondía, dentro de los estáticos roles de la commedia dell’arte, ser engañado una y otra vez por el listo de turno, es decir, por el jefe de la compañía, Alberto Naselli, alias zan Ganassa. La pareja -que con el resto de la compañía llegó a España en 1574-, se hizo tan celebre que hay quien asegura que Cervantes se inspiró en ellos, en el flaco y listo Ganassa y en el gordo y torpe Bottarga, para dibujar a Don Quijote y Sancho Panza.

Nuestro señor don Quijote
Sea como fuere, lo cierto es que en 1580 Lope de Vega en El verdadero amante, ya hablaba de “un tropel de ganasas y botargas” para referirse a figuras vestidas de modo extravagante. En menos de cincuenta años la palabra había crecido tanto que Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana de 1611 da a botarga, además de la ya conocida acepción de ridícula indumentaria teatral, la de una “especie de longaniza”. Es decir, que nuestro personaje había pasado del teatro a los fogones en un alarde de imaginación poética popular. Y no paró aquí. En el siglo XX, nuestro Valle Inclán usa botarga como sinónimo de barriga desmesurada, por eso dice en Tirano Banderas que don Celes infló la botarga o que declamó el gachupín, con la mano en la botarga.
Pero poco más sabíamos de Bottarga que lo mencionado en estos ruines dato. Hasta que un día, la investigadora María del Valle Ojeda Calvo, de la Universidad de Huelva, encuentra en 1995, entre los fondos de la Real Biblioteca de Madrid, un manuscrito firmado por Abagaro, un cuaderno de notas o zibaldone, el más antiguo de un cómico europeo, de vital importancia para conocer el modo de trabajo de estos artistas de la comedia del arte. Con las investigaciones de doña María del Valle Ojeda podemos acercarnos un poco más a nuestro personaje.

Hijo de doña Magdalena y de don Emilio Frescobaldi, un acomodado mercader de Florencia, nace en Padua entre 1530 y 1540. Tuvo un hermano y tres hermanas. Se unió a la famosa compañía de Alberto Naselli y llegó a España en 1574. Se casó con la española Luisa de Aranda, viuda del autor Juan Granado. Se separó de la compañía de Ganassa y se unió a la de su mujer, con la que actuó hasta 1588. Y aquí vuelve a perderse Abagaro en las tinieblas de la historia. Pero la fama de su personaje es indiscutible. Sólo hay que ver la ingente cantidad de referencias a su máscara que encontramos en la cultura española: figuras enmascaradas llamadas botargas recorren todo el teatro del siglo de oro y son posibles verlas aún en las fiestas populares de varias ciudades y llegan, como ya vimos en Valle Inclán, hasta el teatro contemporáneo.

El Diccionario de la Real Academia Española dice que el término correcto es abotagarse, que es término médico, y que nada tiene que ver con botarga, que era cosa de sastres. De hecho, abotagarse está recogido en la práctica totalidad de nuestros diccionarios del siglo XVIII-XIX y XX. El Autoridades de 1726 dice exactamente: “Abotagarse es lo mismo que hincharse: efecto que suele causar el beber mucho. Es voz compuesta de la partícula A, y del nombre Bota, por lo que esta se hincha, o con el aire o con otra cosa que la introducen”; sin embargo, nuestro término “Abotargarse” figuran solamente en el diccionario de Domínguez, de 1847 y en el de Gaspar y Roig, de 1855.

Vale. Pero lo cierto es que la influencia de botarga fue tan feroz que acabó por modificar incluso la morfología de esta palabra. Y yo, por mi parte, qué quieren que les diga, prefiero abotargarme que abotagarme, porque esa erre que diferencia a las dos palabras es la chispa sonora que rescata del olvido el cascabeleo guasón de los pantalones deformes con los que aquel hombre del renacimiento hacía reír a nuestros abuelos.

De mi libro Nombres con nombre.
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