MEA CULPA


Hay varias leyendas que aseguran que la ciudad de Roma se inauguró un 21 de Abril del 752 a.C. Una fecha memorable para la que ya nadie tiene memoria. Y es una lástima, porque en lo que va de la fundación de esta ciudad hasta su caída nos enseña lo mejor y lo peor de la raza humana. Para el que esté interesado en el asunto, una buena noticia: ya está en la calle el primer volumen de una nueva edición de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon, uno de los libros más amenos de los últimos doscientos años.


En un principio Roma fue monárquica, pero fue sólo al liberarse de los reyes cuando conoce su esplendor y su gloria. No es por molestar, pero algo querrá decir el hecho de que al decaer la República, Roma decae. Los emperadores, los bárbaros y el cristianismo sólo hicieron un cómodo trabajo de demolición. Europa no ha vuelto jamás a ser la misma. Quisiera, dijo una vez Voltaire, que todo hombre público, cuando estuviese a punto de cometer un gran disparate, se dijera a sí mismo: Europa te mira. Sin embargo, la historia reciente nos enseña que cuando un poderoso entona el mea culpa lo que en realidad está diciendo es que se mea de la risa ante la simpleza del público. Europa es una vieja abúlica que ya sólo se escandaliza cuando le tocan los bancos y las petroleras. 

Suena cínico, pero más cínico es preguntarse, como ha hecho el señor Cayo Lara, qué nos pasaría si un jefe de Estado nos sale tonto. Bastante bien conocemos la respuesta. La verdadera pregunta es que les pasaría a los jefes de Estado si alguna vez los súbditos le salen listos. La monarquía sobrevive porque los súbditos somos criaturas sin memoria. Y no hay nada que dañe más a la monarquía que una buena memoria. Por eso los reyes odian a los elefantes


Contraportada del periódico Extremadura
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