ZOMBIS CONTRA PRINCESAS

Puede que yo sea de esa clase de tipos a los que nunca se les aparece la Virgen ni les toca jamás el cupón, pero eso no me convierte en un descreído. Hay cosas que creo a pie juntillas. En zombis, por ejemplo. Aunque creer en zombis no tiene mucho mérito, porque llevo toda la vida viéndolos. Gente que camina por la calle, que viaja en coches -no siempre oficiales- y hace cruceros por esos mares de Dios sin darse cuenta de que llevan años muertos.
Como a los zombis de las películas, les mueve un hambre insaciable, solo que, a diferencia de los de las películas, la suya no es un hambre de carne humana, sino de ilusiones, de sueños humanos. La Naturaleza hace cosas así de raras. Para estos zombis, un joven criado entre libros y bien cebado con ideas de esas que antes se llamaban humanistas -esas que consisten en creer que la ciencia, la música y la poesía son un arma de protección masiva-, es un bocado exquisito.
Pienso esto en la fiesta de graduación de mi hija, esa dulce princesa que ha gastado lo magro de su breve vida en un aula, como todos estos muchachos que la acompañan. Ha sido disciplinada, obediente y constante, tal y como exigimos que fuera. Y ahora lo espera todo a cambio. Se va a la universidad con los morrales de la ilusión repletos y yo no he sacado valor para confesarle que al mundo no lo gobierna el sentido común ni la justicia sino unos zombis a los que importa más la prima de riesgo que el hecho de que el suyo sea un futuro incierto con vistas a un vertedero. Y lo peor es que no toda la culpa es de los zombis. También los indiferentes tienen su parte, los que se limitan a esperar de brazos cruzados a que se les aparezca la Virgen y nos resuelva la papeleta. Estos chicos merecían otros dioses, otros gobernantes, otros padres. 
Contraportada del Periódico Extremadura, 23 de junio 2012
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